Hugo E. Gamboa Cabrera

¿Nos rondan las tinieblas?

Hugo E. Gamboa Cabrera

Desde el año anterior—2022—son miles y miles los colombianos que han salido del país desde la llegada de Gustavo Petro al gobierno nacional, con destino principalmente, a EE.UU, pero también a España, Australia, Holanda.

La incertidumbre y la reconocida capacidad de Petro para sembrar lucha de clases, odios y su radicalismo ideológico, son las razones que preocuparon y preocupan a muchos compatriotas que todavía recorren embajadas en la capital del país buscando visa para irse.

Lamentablemente, la situación del país, económica y políticamente, va en declive, así aliados del presidente pretendan con cifras acomodadas, decirnos otra cosa.

Las pérdidas de Ecopetrol comparadas con años recientes, son lamentables.

Sus acciones en la Bolsa de Nueva York, deterioradas.

Pretender una reforma laboral donde los sindicatos, de mayoría izquierdista, serían casi que los dueños de las empresas que les paga, inconveniente grueso, amén de no permitir la inversión de nuevos capitales, sobre todo extranjeros y de pronto obligar a empresarios “mamarse” de tanto esfuerzo y dejar todo tirado, creando un desempleo pavoroso.

Una reforma que desestimula la creación de nuevos empleos.

Igualmente sucede con la pensional, con la cual se pretende, paulatinamente, menoscabar el justo reconocimiento a la gente después de laborar muchos años, tal como sucedió en Argentina con los Kishner y en Venezuela, donde prácticamente las pensiones desaparecieron.

Y la reforma de la salud ni se diga.

Desarraigar las EPS para regresar al sistema antiguo del ISS, es doloroso.

Ese Seguro Social fue una vergüenza; además, pretender traer médicos de Cuba y Venezuela, donde la medicina dejó de ser científica y las ideologizaron, pues ni hablar.

Nombrar como gestores de paz a Mancuso, “Macaco” y “Gafas”, criminales terribles y sin pagar sus condenas por crímenes de lesa humanidad, no es agradable.

Contratar 100 mil jóvenes en malas andanzas con salario por encima del salario mínimo tampoco es bueno y mucho menos empezar a promover paros o marchas campesinas, pagadas con dineros de los impuestos para socavar la autonomía del Congreso presionando para que aprueben las reformas como las quiere la izquierda, es peligroso.

Eso no es bueno, además de peligroso.

Eventos como estos son lo que tienen asustados y deprimidos a más de uno, agravados con la inseguridad y violencia a las que nos tienen sometidos los irregulares, con la grosería y torpeza de no querer escuchar a los gobernantes territoriales en sus desesperadas llamadas de atención.

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