Te propongo un ejercicio para que tu solo(a) lo hagas. Escribe o piensa cuáles son las palabras que casi siempre usas para expresar una opinión o referirte a alguien, de manera positiva o negativa, y recuerda cuáles son esas miradas tuyas que, sin necesidad de una palabra, dicen mucho.
Si quieres, usa un espejo o pregúntale a la persona que más te conoce y le tienes confianza.
Ahora, piensa en situaciones en las que tuviste enfrenamientos o diferencias de opinión con amigos, parientes, jefes, empleados o vecinos, e imagina cuál sería tu reacción si tus mismas palabras, miradas y gestos los tuvieran ellos.
¿Te gusta?. Es posible que una sola palabra o una sola mirada descalificadora sean suficientes para deteriorar la confianza o generar miedo o frustración en la otra persona.
Paradójicamente nos quejamos de las formas, palabras y miradas de otros, y hasta nos ofendemos y sentimos agredidos.
¿Y nuestras expresiones?. ¿Cuántas veces hemos sido interpretados en lo que decimos por la forma como nos expresamos con palabras o gestos?
¿Cuántas veces hemos tenido que explicar que “eso no era lo que quería decir”? Más de lo que quisiéramos.
Las relaciones sociales son, como una flor, que en su mejor momento resplandece y se ve hermosa, pero que se hace muy frágil y puede marchitarse por exceso o defecto de agua y de luz. Los gestos y las palabras son como esas condiciones ambientales que consolidan o deterioran una relación.
Piensa que, posiblemente, muchas de esas actitudes y palabras desobligantes de los otros hacia nosotros, un comentario inoportuno, una mirada descalificadora o un gesto de reproche, posiblemente son respuesta, o efecto espejo, de ellos hacia nuestro propio actuar.
Cuando opinas, sin medir el impacto de las palabras, sobre el cuerpo o la apariencia del otro, su inteligencia o capacidad, su personalidad o actitudes, sus pensamientos políticos o religiosos, la orientación sexual y gustos diversos, y el desempeño laboral o académico, entre otros, siempre piensa qué pasaría si esas mismas palabras que usas hacia otra persona te las dicen a ti.
Si nos lo proponemos, siempre encontraremos formas más amables de expresarnos de los demás.
Recuerda esa premisa de que la mejor norma para la convivencia y la ética es no hacer o decir a nadie lo que nunca queremos para nosotros mismos.
Haz la prueba: Identifica esas palabras y expresiones malsonantes o innecesarias que, posiblemente, usas a veces de forma inconsciente, como si fueran muletillas, o porque tu léxico es poco amplio, y ponlas en una lista negra, buscando erradicarlas de tu vocabulario.
Ahora, reemplázalas por otras más amables y comprensivas y úsalas siempre. Por fuerte que sea una situación, una diferencia o un malentendido, ninguna acción justifica perder una amistad o una buena relación por unas palabras mal dichas.
Ahora, si en las diferencias y conflictos te dejas llevar por tus pasiones, guarda silencio antes de decir cualquier cosa de la que te puedas arrepentir.
Deja enfriar tu ira antes de hablar. Hacerlo por primera vez no es fácil, pero cuando se logran controlar los impulsos, se habrá avanzado maravillosamente en la propia comprensión y en las relaciones con los demás.
Cambiar para mejorar no es un capricho ni algo insustancial. La forma como nos expresamos es un reflejo de cómo vemos el mundo, los miedos, los sueños y el valor que damos a los demás.
No hay reversa. La confianza parte del respeto y es el lenguaje (verbal y no verbal) la mejor expresión de ello.
Incluso, aunque haya tratamientos y palabras indebidas que otras personas acepten (difícilmente con agrado), siempre hay otras formas y palabras, esas sí respetuosas, para referirse a alguien en vez de usar términos despectivos como “gordo, viejo, marica, bruto, bobo, lento, inútil”…
Recuerda que siempre que inicias una interacción con alguien no conocido, eres como una hoja de papel en blanco, que cualquier trazo o impresión puede recibir, y que con el paso del tiempo esa hoja puede registrar hermosos recuerdos e ideas.
Eso sí, una sola mala palabra, idea, descalificación, puede echar todo a la basura y convertir el papel en una hoja arrugada que, por más que quiera desarrugarse o plancharse, nunca recuperará su forma original.
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