En Cali lo vimos: un joven, un hospital y un machete. Un video bastó para que muchos concluyeran que se trataba de un hombre peligroso; la sentencia en redes sociales fue rápida y contundente.
Nadie preguntó que había pasado antes: un muchacho de 20 años, atravesando una situación límite; complicaciones en el embarazo de su pareja, la incertidumbre, la espera, el miedo.
Y después, un hijo que no llegó a nacer y un proyecto de vida destruido antes de comenzar. ¡Esto no se viraliza! Lo que sí se comparte y se comenta con ligereza es la condena: miles de voces señalando… El resultado final: el muchacho se suicida.
Hasta no hace mucho se decía que los suicidas cometían pecado, por lo que no se les permitía una despedida digna y eran condenados al Infierno; como si el dolor que padecieron no hubiera sido suficiente castigo.
Personalmente creo que si hay un infierno no necesariamente está en el otro mundo; a veces ocurre aquí, en silencio, sin llamas.
Se instala en la mente y pecho: una depresión que no siempre se ve, una ansiedad que no siempre se entiende.
Y quien las padece aprende a disimular, a aparentar que todo está bien mientras por dentro todo se derrumba. Por eso el suicidio rara vez es un impulso aislado; es el punto final de una resistencia prolongada.
Lo viví cuando un tío a quién apreciaba tomó esa decisión. Entendí que hay dolores que no hacen ruido, pero pesan mas que cualquier grito.
Y a esta tragedia se suma la facilidad con que hoy se condena sin comprender que detrás de cada imagen que juzgamos, hay una historia que nunca quisimos escuchar.
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