No nos cansaremos de decir que Colombia tiene todos los ingredientes para ser una gran nación latinoamericana. Desafortunadamente, no ha tenido los gobernantes que se preocupen por ello, salvo contadas excepciones, quienes tratando de corregir malas herencias, logran medio gobernar bien, pero sus sucesores vuelven a lo mismo, es decir, a gobernar mal. Tal parece que estamos condenados a ese triste destino de ser latinos, el de tener poder para joder, para llenar el morral y para llevarse por delante la dignidad y la ética.
Lo que hizo “Santrich” con el proceso de paz, desprestigió el proceso, puso en evidencia el sesgo de nuestra justicia y les dio la razón a los críticos del acuerdo de la Habana. Pero lo más peligroso es haber establecido, con el aval de una “unidad nacional” enmermelada hasta los tuétanos, que el secuestro, la violación y el narcotráfico son delitos políticos. Joder como dicen los españoles. Ahora padecemos el crecimiento de la producción de coca y el recrudecimiento de la violencia. Un regalito de ese acuerdo.
Nos toca padecer la doble moral de algunos, entre los que se destaca el abogado Ramiro Bejarano, exdirector del Das en el gobierno de Samper, quién ahora se escandaliza porque Andrés Felipe Arias es recluido en la Escuela de Caballería en Bogotá, cuando él estuvo de acuerdo con algo similar para Fernando Botero Zea, exministro de Defensa de Ernestico, para que pagara por su jefe “el ingreso de los dineros narcos a la campaña presidencial”. Allá iba Bejarano a llevar razones para que Botero no hablara. Esa es nuestra etnia.
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