Hay que decirlo sin rodeos: Colombia está viviendo un momento político tan surrealista que uno no sabe si reír, llorar o pedir que alguien apague y nos deje volver a empezar.
Estamos ad portas de una elección que parece más un casting de reality que una decisión de país. Y lo peor es que lo aceptamos como si fuera normal.
Por un lado tenemos al famoso “tigre”, un showman que convirtió la política en un stand-up.
Un tipo que no habla: actúa. Que no propone: improvisa. Que no debate: provoca. Su campaña es un espectáculo ambulante donde lo importante no es el país, sino el personaje.
Y lo más triste es que funciona. Funciona porque estamos cansados, porque la política tradicional se volvió un cascarón vacío, porque nos acostumbramos a que la forma pese más que el fondo. El problema no es él: es que lo aplaudimos.
Del otro lado está el candidato del dogma. El que habla como si tuviera la verdad revelada bajo el brazo. El que cree que la economía es un asunto secundario, casi un estorbo, y que el desarrollo territorial se resuelve con consignas.
Un líder que quiere transformar el país, pero sin entender cómo funciona.
Que denuncia desigualdades reales, sí, pero desde una rigidez que no deja espacio para la técnica, la evidencia o la complejidad. Un país no se gobierna con sermones.
Y en medio de ese choque entre el rugido vacío y el dogma ciego, aparece la paradoja más absurda de todas: la candidata del Centro Democrático —sí, ese mismo partido que hace unos años era sinónimo de polarización— hoy parece la opción moderada.
¿En qué momento pasó eso? ¿En qué momento el tablero político se corrió tanto hacia los extremos que lo que antes era visto como radical hoy parece sensato?
Esto no es un accidente. Es el resultado de años de degradación del debate público. De años en los que preferimos el meme al argumento, el grito al análisis, la indignación al pensamiento.
De años en los que confundimos liderazgo con ruido y convicción con testarudez. El centro político no desapareció porque fuera débil: desapareció porque lo dejamos morir.
Lo verdaderamente preocupante no es que tengamos candidatos estridentes. Es que nos acostumbramos a ellos. Que dejamos de exigir seriedad.
Que aceptamos que la política sea un espectáculo o una cruzada. Que renunciamos a la idea de que gobernar requiere técnica, visión, carácter y responsabilidad.
Que nos resignamos a elegir entre el que ruge más fuerte y el que predica más duro.
Esta elección —más allá de quién gane— es un espejo. Y lo que refleja es incómodo. Refleja un país que dejó de pensar y empezó a reaccionar.
Un país que se cansó de la política, pero no se dio cuenta de que la política no se cansa de él. Un país que perdió la capacidad de distinguir entre un proyecto serio y un personaje viral, entre una propuesta y un dogma, entre un liderazgo y un show.
La pregunta no es por quién votar. La pregunta es cómo diablos llegamos a esto. Qué dejamos de exigir. Qué dejamos de construir. Qué dejamos de imaginar.
Porque un país que no se reconoce en su clase política no está frente a un problema electoral: está frente a un problema cultural.
Y quizá lo más urgente no es escoger entre el rugido y el sermón, ni celebrar que la “moderación” venga de donde menos lo esperábamos.
Lo urgente es mirarnos al espejo —ese espejo roto que hoy nos devuelve una imagen incómoda— y aceptar que la fractura no está solo en la política. Está en nosotros.
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