Dos vertientes políticas tienen a Colombia enfrentada, vilipendiada, insegura. La izquierda, por un lado, atravesándose a todo lo que se relacione con el funcionamiento del gobierno central actual, que no es de sus apetencias; eso sí, con el gobierno de Santos fueron consecuentes, por razones obvias. Por otro lado, la derecha, oponiéndose a que la izquierda se tome el poder, tratando de quitarles el manejo que han tenido a través de algunos periodistas, de algunos magistrados y de algunos políticos de otros partidos, quienes, por rencillas, por manejos de presupuesto oficial y por clientelismo, buscan, sistemáticamente, crear zozobras utilizando mentiras o verdades a medias.
Y el centro, una ideología silenciosa, que traga entero, que no se compromete y cuyo sentido de pertenencia con el país es dudoso.
Por otra parte, han cogido el tema de Odebreth para distraer a la opinión pública y el país esperando que pasó con los dineros de Isagén, con el dinero del post-conflicto que llegó de Europa, con el incremento desaforado de la deuda externa, cuyos dineros nunca vimos en hechos que beneficiaran al país. Y así, muchas cosas más.
La izquierda nunca ha dicho algo sobre las “famosas” obras de infraestructuras 4G, ideadas en el gobierno de Santos, pero inconclusas unas y ficticias otras, como la Ruta del Sol II, con dineros utilizados para la reelección presidencial, según denuncias penales. El caso Santrich, penosamente, confirma las falencias de un acuerdo de paz realizado sobre la base de un premio nobel, que la izquierda defiende y la derecha critica. Y así estamos, padeciendo, todavía, la patria boba que nos caracteriza.
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