Esos son los días que faltan para la primera vuelta de elección presidencial en Colombia.
Que se logre elegir mandatario en esa fecha, definitivamente, es una incertidumbre.
Lástima, pues se evitaría el gasto de más de 200 mil millones de pesos que cuesta la segunda vuelta, lo que duele mucho, pues fiscalmente, las arcas del Estado dan grima ante tanto desgreño y corrupción.
Precisamente, ese tema de la corrupción es el que puede decidir la victoria de uno de los candidatos.
A los colombianos, en buena parte, poco les importa si ese candidato conviene o no, pues es tanta la rabia que ronda los corazones que muchos compatriotas se están dejando convencer por promesas que jamás se van a cumplir, sobre todo por quién las hace, proveniente de una ideología que acostumbra a mentir, situación que ya hemos vivido con personajes de países suramericanos, que juran y rejuran que cumplirán con la Constitución y se comprometen a acabar con tanta pobreza y muchos problemas sociales y, cuando llegan, gracias a sus promesas populistas, se vuelven soberbios y dictadores, además de enriquecerse con la plata del erario y de sus pueblos.
La nueva rectora de la Universidad Nacional, Dolly Montoya, y, el científico Rodolfo Llinás han dicho, respectivamente, que “cuando existen crisis de valores es porque algo no funciona bien” y, que “la educación en Colombia no es buena”, lo que en Colombia es normal, lamentablemente.
Lo cierto es que la responsable de esto, es la clase política, la que, de una u otra forma, acabó con la confianza nacional.
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