Les confieso que esta semana quería escribirles sobre la indignación que siento al escuchar a alias Timochenko negar cínicamente el reclutamiento infantil y la violación sistemática de su grupo terrorista durante más de 50 años o al escuchar a Juan Manuel Santos llamando a la unidad nacional cuando durante su mandato echó a la borda la posibilidad de un diálogo nacional por satisfacer su ego, siendo él el responsable de la impunidad y burla de las Farc. Pero lo sucedido el pasado miércoles 9 de septiembre en Colombia, amerita que dediquemos unas líneas a reflexionar sobre qué clase de sociedad somos.
Me duele profundamente la muerte de un colombiano inocente como Javier Ordóñez y exijo justicia para él y su familia, pero la violencia no se responde con violencia. Lo que vivimos en las calles de Bogotá y otras ciudades refleja una sociedad enferma e intolerante, estaciones de policías incendiadas, policías y civiles heridos, 7 muertos y más de 50 vehículos vandalizados. Ese no es el camino para exigir justicia.
Y mientras los vándalos estaban en la calle, el pirómano, a través de su twitter, incitaba a más violencia, miedo. Un profundo dolor de patria sentí al leer a Gustavo Petro, quien cree que porque él perteneció a un grupo al margen de la ley, hoy puede seguir incitando al delito e incendiar el país para ocasionar una guerra civil.
Está equivocado el Senador de la Colombia Humana si cree que será presidente volcando a los vándalos a la calles para generar caos, ya lo hemos derrotado en las urnas y el 2022 no será la excepción. El peligro acecha y debemos unirnos por el bien común. ¡No más pirómanos!
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