Cali, mayo 16 de 2026. Actualizado: viernes, mayo 15, 2026 21:46

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Una tradición que no muere

El origen del Día del Alumbrado o Día de las Velitas

El 7 de diciembre es una fecha muy especial en Colombia, celebrada con gran entusiasmo en diversas regiones del país: es el Día del Alumbrado, conocido también como el Día de las Velitas.

Esta celebración, que marca el inicio de la temporada navideña, se distingue por la belleza de las luces que adornan las calles, los hogares y los espacios públicos.

Pero, ¿de dónde surge esta tradición?
El Día del Alumbrado tiene sus raíces en la Fiesta de la Inmaculada Concepción, una festividad religiosa católica que se celebra el 8 de diciembre en honor a la Virgen María.

La devoción por la Inmaculada Concepción, la creencia de que María fue concebida sin pecado original, ha sido fundamental en el catolicismo desde el siglo XIX.

Sin embargo, la tradición del alumbrado en Colombia no se remonta a esa fecha, sino a la víspera, el 7 de diciembre, cuando los fieles se reúnen para rendirle homenaje a la Virgen de una manera muy particular.

Las Velitas

Aunque no existen registros exactos de cuándo comenzó esta tradición, se cree que la costumbre de iluminar las calles con velas y faroles comenzó en el siglo XIX, particularmente en la ciudad de Santa Fé de Bogotá.

En sus orígenes, la celebración consistía en encender velas y lámparas para honrar a la Virgen María y pedir por la protección de la ciudad.

La imagen de la Virgen, iluminada por la luz de miles de velitas, simbolizaba la pureza y la gracia divina.

A medida que la tradición fue creciendo, se fue incorporando a la vida cotidiana de las familias colombianas.

En las zonas rurales y urbanas, especialmente en las ciudades como Medellín, Cali y Barranquilla, las familias comenzaron a adornar sus patios, calles y ventanas con luces, creando una atmósfera mágica y festiva.

Hoy en día, es común ver pequeñas velas encendidas no solo en honor a la Virgen, sino también como símbolo de esperanza, amor y unidad familiar.

Encuentro entre lo religioso y lo cultural

El Día del Alumbrado no solo se ha mantenido como una festividad religiosa, sino que con el paso del tiempo se ha transformado en una celebración profundamente arraigada en la cultura popular.

Los colombianos aprovechan esta fecha para reunirse con amigos y familiares, compartir alimentos y bebidas, y disfrutar de una noche llena de luz y color.

Las ciudades se visten de luces navideñas y, además de las velitas, las calles se decoran con enormes instalaciones luminosas que atraen a miles de turistas.

En varias ciudades del país, especialmente en Medellín, el Día del Alumbrado es sinónimo de grandes espectáculos visuales, donde se instalan imponentes adornos y luces en plazas y parques.

Medellín, conocida como la “Ciudad de la Eterna Primavera”, se destaca por ser uno de los lugares más visitados en esta época debido a sus famosas Festas de las Luces, que incluyen conciertos, exposiciones y eventos culturales.

El Día del Alumbrado no solo es un evento religioso o festivo, sino también una manifestación de la identidad colombiana.

La luz de las velitas simboliza la esperanza y la renovación, valores que se comparten entre los colombianos independientemente de sus creencias religiosas.

Es un momento de unidad, en el que el país se encuentra iluminado tanto literal como figurativamente, buscando un comienzo brillante para la Navidad.

El Día del Alumbrado o Día de las Velitas tiene una mezcla de historia religiosa, popular y cultural.

Aunque sus orígenes se encuentran vinculados a la celebración de la Inmaculada Concepción, su transformación a lo largo de los años ha convertido esta festividad en un evento que trasciende las fronteras de lo religioso, siendo un motivo de encuentro y alegría para todos los colombianos.

Así, el 7 de diciembre se ha consolidado como una de las fechas más esperadas del año, marcando el inicio de una temporada llena de luces, música, comida y, sobre todo, convivencia.

Los orígenes

Las festividades modernas como el Día del Alumbrado y las velitas no son solo una expresión religiosa de la fe católica, sino también un eco de antiguas costumbres paganas que celebraban la luz como un poder renovador.

Desde las Saturnales romanas hasta las fiestas nórdicas de Yule, pasando por el Hanukkah judío, la tradición de encender luces en tiempos de oscuridad refleja una búsqueda universal de esperanza, renovación y unidad.

Hoy, estas prácticas, transformadas y adaptadas, siguen iluminando la vida de millones de personas, manteniendo vivas las tradiciones del pasado mientras se celebran en el presente.

La dogmática de la Inmaculada Concepción fue formalmente proclamada por el Papa Pío IX en 1854, mediante la bula Ineffabilis Deus, pero la creencia ya estaba presente en la Iglesia desde siglos anteriores.

Desde tiempos medievales, se veneraba a María bajo este título, aunque sin una definición dogmática explícita.

La proclamación de este dogma no solo destacó la singularidad de la Virgen María, sino que también fortaleció la devoción popular hacia ella, un aspecto fundamental en la fe católica.

Sin embargo, más allá de la tradición católica que caracteriza esta celebración, la práctica de encender luces y velas tiene un origen mucho más antiguo, que remonta a diversas celebraciones paganas alrededor del mundo, las cuales, a lo largo de los siglos, influenciaron la forma en que se celebran eventos religiosos y culturales.

A continuación les presentamos algunas:

El Solsticio de Invierno

Muchas de las tradiciones de encender luces, velas o fogatas tienen sus raíces en las celebraciones relacionadas con el solsticio de invierno, un fenómeno astronómico que ocurre entre el 20 y 23 de diciembre en el hemisferio norte.

Para las antiguas culturas, el solsticio representaba un evento crucial, pues marcaba el día más corto del año y el inicio del regreso del sol, lo que simbolizaba el triunfo de la luz sobre la oscuridad.

Este fenómeno estaba cargado de un profundo significado, pues se asociaba con la esperanza de que la vida regresaría al mundo después del largo invierno.

Por ejemplo, las antiguas civilizaciones romana y nórdica celebraban con grandes festividades durante esta época, llenas de luces, fuego y banquetes, con el fin de invocar la luz del sol y garantizar la fertilidad y prosperidad para el próximo año.

Las Saturnales Romanas

Las Saturnales, celebradas en el mes de diciembre en el Imperio Romano, fueron una de las festividades paganas más emblemáticas relacionadas con el solsticio de invierno.

Este festival en honor a Saturno, el dios de la agricultura y la cosecha, era una época de gran alegría y liberación, en la que se intercambiaban regalos, se realizaban banquetes y se adornaban las casas con luces y guirnaldas.

Durante las Saturnales, las familias romanas decoraban sus hogares con velas, lo que, en parte, simbolizaba el retorno de la luz solar y la protección de los dioses sobre el hogar.

Aunque las Saturnales no tenían una conexión directa con la Virgen María, la tradición de encender luces como símbolo de celebración y esperanza perduró y fue adaptada por diversas culturas a lo largo de los siglos, influyendo en la manera en que se celebran eventos religiosos en la actualidad.

Fiesta Nórdica de Yule

En las tierras nórdicas, la fiesta de Yule (o Navidad nórdica) también marcaba el regreso de la luz con la llegada del solsticio de invierno.

Los antiguos pueblos germánicos creían que el sol moría durante el invierno y renacía nuevamente con la llegada de Yule.

Para rendir homenaje al sol y a la renovación de la vida, los pueblos nórdicos encendían enormes hogueras y decoraban sus hogares con luces y ramas de acebo.

El Yule log, un tronco de madera que se quemaba en la chimenea, es otra de las tradiciones que perduró en el tiempo y que se incorporó en celebraciones como la Navidad.

Este ritual no solo representaba la victoria del sol sobre las tinieblas, sino que también se creía que traía prosperidad y protección a los hogares.

Al igual que las Saturnales romanas, las costumbres de Yule, centradas en la luz y el fuego, se convirtieron en símbolos de esperanza, perdurando hasta la celebración moderna del Día de Navidad.

Las Luces de Hanukkah

Otra festividad que celebra la luz, y que precede al Día del Alumbrado, es Hanukkah, la festividad judía que se celebra entre finales de noviembre y diciembre.

Hanukkah conmemora el milagro del aceite, cuando el pequeño frasco de aceite que se usó para encender el candelabro del templo de Jerusalén duró ocho días, a pesar de que la cantidad de aceite era insuficiente.

Durante esta celebración, las familias judías encienden la menorá, un candelabro de ocho brazos, que simboliza el renacimiento de la luz en la oscuridad.

Aunque Hanukkah tiene un contexto religioso diferente al Día del Alumbrado, la idea central de la luz como símbolo de resistencia y fe ante la adversidad es una constante que se refleja en muchas otras festividades alrededor del mundo.

La luz se convierte, así, en un símbolo universal de esperanza.

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