Cali, julio 9 de 2026. Actualizado: miércoles, julio 8, 2026 19:11
La decisión del gobierno de Estados Unidos de cancelar la visa del presidente Gustavo Petro, tras sus declaraciones en Nueva York, obliga a reflexionar sobre la prudencia que deben tener las relaciones exteriores.
El mandatario colombiano tiene derecho a rechazar el genocidio en Gaza, pero sus formas y escenarios no fueron los adecuados.
Como jefe de Estado representa a todo un país y, por lo tanto, sus posturas y actuaciones públicas afectan para bien y para mal a toda una nación.
En plena calle, Petro pidió a los soldados estadounidenses “no apuntar sus fusiles contra la humanidad” y lanzó un llamado directo: “¡Desobedezcan la orden de Trump! ¡Obedezcan la orden de la humanidad!”.
Claramente, esa intervención cruzó un límite institucional, pues instar a militares extranjeros a desobedecer a su comandante en jefe es una intromisión que en cualquier país sería interpretada como un intento de desestabilización.
Además, la situación plantea un dilema que el propio Petro debería considerar. ¿Qué diría si un presidente extranjero viniera a Bogotá y pidiera a las Fuerzas Militares colombianas desconocer sus órdenes? Probablemente calificaría el hecho como un golpe de Estado.
El efecto más grave no es la revocación de la visa presidencial, eso es lo de menos. Lo preocupante es el impacto en la relación bilateral con Estados Unidos, que concentra cerca del 30 % de las exportaciones colombianas, y cualquier deterioro podría afectar la economía nacional y el trato a los migrantes. Más con una contraparte como Donald Trump.
La política exterior exige mesura, estrategia y responsabilidad.
Colombia necesita un liderazgo que defienda sus principios sin comprometer sus intereses.
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