Cali, abril 22 de 2026. Actualizado: martes, abril 21, 2026 21:08

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Pretender hablar en nombre del país entero es una forma de distorsionar la democracia.

Una visión peligrosa del “pueblo”

Cuando el presidente Gustavo Petro dice que “El pueblo ya decidió decidir y no se va a echar para atrás”, para justificar el decreto que firmó para convocar la consulta popular, desconociendo al Congreso de la República, sus palabras revelan una peligrosa pretensión de apropiarse del concepto de “pueblo”, usándolo como escudo para justificar decisiones unilaterales y avanzar en su agenda y pasar por encima de las instituciones.

Lo cierto es que Petro manipula el concepto a su conveniencia, pues reduce la idea de pueblo a su base política, que son los militantes del Pacto Histórico y a unas estructuras sindicales que corean sus discursos.

Son ciudadanos, claro, y merecen respeto, pero son una minoría, no representan a los 50 millones de colombianos y, por lo tanto, no se puede asumir que siete mil personas reunidas en una plazoleta hablan por todo un país.

La democracia no se mide por decibeles ni por arengas, se mide por el respeto a las reglas, a los votos, a las instituciones.

El presidente no puede ignorar que su propuesta de consulta popular fue rechazada por el Senado, que sus convocatorias a paro no han tenido eco, y que incluso dentro de sectores que antes lo apoyaban ahora hay distancia y cuestionamientos.

Decir que “el pueblo ya decidió” es una forma peligrosa de negar esa realidad.

Colombia está formada por una ciudadanía diversa, el pueblo no es solo quien apoya al gobierno, también es quien lo critica, es quien votó por Petro y quien votó por otros, por lo tanto, el presidente no puede arrogarse la voz del país entero.

Distorsionar el concepto de pueblo para justificar decisiones unilaterales o para desconocer instituciones es un camino que lleva al autoritarismo.

A lo largo de la historia, los líderes que se han creído la encarnación del pueblo han terminado perdiendo el sentido de los límites.

Esa confusión entre voluntad personal y soberanía popular ha sido el punto de partida de muchos autoritarismos que destruyeron la democracia y arrastraron a sus países al conflicto y al miedo.

Gustavo Petro no es el pueblo. Es el presidente de la República, con deberes frente a todos los ciudadanos, no solo frente a quienes lo siguen.

Y si olvida esa distinción, el riesgo no será solo para su gobierno, sino para el futuro institucional de Colombia.


Petro

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