Cali, mayo 16 de 2026. Actualizado: viernes, mayo 15, 2026 21:46
El asesinato de Miguel Uribe Turbay, senador y precandidato presidencial, no solo marca un nuevo capítulo trágico en la historia política del país, sino que desnuda una vez más la crudeza de una violencia que no distingue edades, partidos ni trayectorias.
En un país que ha visto caer a líderes por las balas, su muerte es la prueba dolorosa de que la democracia aún está bajo amenaza y que la eliminación física del contradictor sigue siendo una práctica recurrente para quienes no soportan un debate de ideas.
Cuando Miguel Uribe era un niño, al igual que su hijo hoy, la violencia le arrebató a su madre, Diana Turbay, quien murió durante un operativo de rescate tras ser secuestrada por orden de Pablo Escobar.
Tres décadas después, ese niño convertido en líder político sufrió el mismo destino. Esta coincidencia trágica muestra que Colombia no ha roto con sus patrones de violencia y que, como sociedad, seguimos atrapados en un círculo de pérdidas que parecen inevitables, pero que no lo son.
Más allá de la militancia o de las divisiones ideológicas, este magnicidio debe sacudir a todos los colombianos.
No es solo la muerte de un político: es el asesinato de la posibilidad de disentir, de la juventud con capacidad de cuestionar.
Es también un espejo de lo que ocurre a diario en distintas regiones, donde cientos de jóvenes pierden la vida por móviles absurdos e injustificables.
En este contexto, seguir alimentando el ambiente con insultos, agravios o calumnias solo nos acerca a nuevos episodios de barbarie.
El país necesita que el debate regrese al terreno de las ideas y que la vida del otro, piense como piense, sea sagrada.
Porque el día en que la vida ajena sea intocable, lo serán todas, y solo entonces dejaremos de llorar a quienes, como Miguel Uribe Turbay, fueron silenciados por las balas.
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