Simón Bolívar tenía una mirada continental de lo que debería ser la independencia, seguramente consideraba que, si Hispanoamérica había sido sometida por el mismo imperio y había sufrido las mismas atrocidades, debería obtener la libertad paralelamente aprovechando la coyuntura internacional del decaimiento de España ante la arremetida napoleónica y que entonces no debería aflojar el entusiasmo independentista que despertó como oleada desde México hasta Argentina.
El quid del asunto era cómo implementar una revolución continental que no podía ser resuelta por un solo hombre ni siquiera con sus círculos de amigos y de apoyos; pero si barruntaba que los efectos dominó y de mímesis se darían, por eso en la Carta de Jamaica, o en el Congreso Anfictiónico de Panamá el lenguaje que usó fue de expansión vecinal y de confederación de esfuerzos.
El General Santander también fue un rebelde contra la Corona Española, pero una vez liberado el Virreinato de la Nueva Granada su visión se redujo y no fraternizó con ánimo respecto a la liberación de Ecuador, menos con el Perú, ni concibió ayudas a la Florida, Cuba o a Puerto Rico, como si llegó a plantearlo y exponerlo Bolívar.
Si se trataba de diseñar una especie de protocolo para la fundación de Colombia, Simón Bolívar y sus amigos cercanos coincidían en la aplicación constitucional como fórmula para la creación de un Estado que brotara de la guerra de independencia.
Esta fórmula era la única que el Libertador consideraba le daría una ritualidad apropiada para luego ser reconocido internacionalmente porque el constitucionalismo como corriente política le había dado vida a la Norteamérica y la Francia antimonárquicas, porque esa corriente político-jurídica ya tenía una aceptación internacional para el nacimiento de estados-nación como repúblicas, o sea sistemas políticos diferentes a la monarquía absolutista de tres siglos de permanencia.
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