Adrián Zamora Columnista

Sembrar sin Ormuz: La estrategia que hizo florecer al Valle del Cauca

Adrián Zamora

El 28 de febrero de 2026, el conflicto en Medio Oriente cerró una arteria crítica del sistema global: el Estrecho de Ormuz.

En cuestión de semanas, el precio de la urea, ese pilar de la labranza moderna, pasó de 350 a más de 700 dólares por tonelada, mientras cerca de un tercio del comercio mundial de fertilizantes quedaba comprometido.

Colombia, que importa alrededor del 70% de estos insumos, sintió el impacto de forma inmediata; sin embargo, en medio de ese shock, una región empezó a destacarse en el mapa productivo nacional: el Valle del Cauca. Aquí, la crisis se vivió como la validación de una tesis que llevaba años madurándose.

Ese contraste responde a la forma en que opera la cadena de dependencia que conecta al Golfo Pérsico con los cultivos en Colombia, una cadena tan eficiente como frágil.

El gas natural, que explica entre el 60% y el 70% del costo de los fertilizantes nitrogenados, se concentra en geografías sensibles y depende de rutas críticas como el Estrecho de Ormuz; cuando esa válvula se cierra, el impacto no encuentra amortiguadores y se traslada directamente al productor.

Lo ocurrido en 2026 fue, entonces, la manifestación de un sistema diseñado para optimizar costos en condiciones normales, pero sin capacidad para absorber la incertidumbre cuando el entorno se vuelve adverso.

Antes de la crisis de 2026, buena parte de los productores operaba bajo una lógica de alta dependencia de insumos importados, decisiones agronómicas basadas en la costumbre más que en datos, y una relación débil con el mercado más allá de la venta del producto.

En ese esquema, el margen no lo definía la eficiencia técnica, sino la capacidad de absorber variaciones de precio que, en la práctica, no controlaban.

Era una agricultura funcional en tiempos de estabilidad, pero expuesta cuando esa estabilidad desaparecía.

Es sobre ese punto de partida donde conviene ubicar el Programa Integral de Fruticultura (PIF), impulsado por la Gobernación del Valle del Cauca desde 2016 como una estrategia para corregir esas deficiencias estructurales.

Su enfoque no giró en torno a subsidiar insumos ni a ampliar la cobertura de asistencia; se concentró en modificar la forma en que el productor toma decisiones, se organiza y se conecta con su entorno productivo.

En otras palabras, buscó intervenir las causas de la dependencia, más allá de sus efectos.

En ese marco, los componentes del programa adquieren un sentido distinto bajo la presión del contexto global.

En un entorno donde el fertilizante es un insumo importado, atado al precio del gas y a la estabilidad de rutas como Ormuz, producir insumos a partir de recursos locales deja de ser solo una alternativa sostenible y pasa a ser una forma de reducir exposición a esa cadena de dependencia.

Así operan las biofábricas promovidas desde esta estrategia, que pueden recortar costos en más del 90% y, sobre todo, estabilizar la producción.

A esto se suman las casas malla, también incorporadas dentro del programa de la Gobernación del Valle, que actúan como barrera física contra plagas y reducen la necesidad de pesticidas importados, cerrando otro frente de vulnerabilidad en el sistema productivo.

La agricultura de precisión, por su parte, corrige el problema de decidir con base en la intuición.

Aplicar fertilizantes “a ojo” generaba ineficiencias y obligaba a invertir más; por eso, herramientas como el kit nutrimental, a veces visto como un ajuste técnico menor, resulta siendo un cambio notorio en la lógica productiva, donde definir cuánto aplicar se convierte en un factor clave de viabilidad económica.

Ahora bien, es importante evitar una lectura simplista, pues estos resultados responden a un proceso acumulativo que ha tomado años en consolidarse.

El programa no eliminó la dependencia de un día para otro, ni transformó de manera homogénea a todos los productores; lo que hizo fue construir capacidades progresivas, impulsadas desde la Gobernación del Valle del Cauca y sostenidas en el tiempo, que hoy permiten absorber mejor un shock externo.

Porque en un entorno donde las cadenas globales son cada vez más inestables, la reducción de la dependencia en puntos críticos deja de ser una aspiración ideológica ni supone abandonar el mercado.

Más bien, obliga a identificar con precisión dónde están sus riesgos y a gestionarlos con criterio.

Y en esa transición, la diferencia entre reaccionar a la crisis o anticiparse deja de ser conceptual y empieza a tener efectos, como ya se observa, profundamente económicos.

¿Está Colombia dispuesta a priorizar modelos que sacrifican eficiencia inmediata en favor de estabilidad de largo plazo?, ¿puede el Estado sostener políticas públicas que trasciendan los ciclos electorales en un sector históricamente fragmentado?, ¿y hasta qué punto los actores productivos están dispuestos a invertir en esquemas cuyo retorno no es inmediato, pero sí más robusto frente a la incertidumbre?

La crisis de 2026 dejó al descubierto la deficiencia de las reglas que seguíamos. Y en este terreno, la Gobernación del Valle del Cauca ofrece un modelo que vale la pena observar con atención.

Pues mientras otros reaccionan a la disrupción, aquí empieza a delinearse una forma distinta de trabajar la tierra en un mundo donde la estabilidad dejó de ser el punto de partida.

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