Quisiera ser bombera

Paola Andrea Arenas

La reforma tributaria fue el fósforo encendido que cayó en la leña, pero ese conjunto de ramas y troncos de madera destinados a hacer fuego venía reforzado con fibras inflamables que la indolencia o el olvido de todos subestimó.

Bastó la movilización del 28 de abril #28A para que a una protesta legítima convocada por organizaciones sociales, indígenas, trabajadores y movimientos estudiantiles, se sumaran miles de ciudadanos indignados para levantar su voz. No los paró nada ni nadie, ni un improvisado fallo de tutela que un magistrado, además de desconocer el artículo 37 de la constitución, no supo notificar. Ni el clamor de los Alcaldes que recomendaron postergarla, al menos mientras superábamos el tercer pico de la pandemia y nos aferrábamos a una esperanzadora semana de “meseta” en el desarrollo epidemiológico de este feroz virus que nos ha dejado en un panorama tan doloroso y avasallador. Ni el Covid evitó que apareciera la chispa sobre el carbón y hoy el país arde en llamas.

Se escucha en la conversación nacional que el gobierno del presidente Iván Duque ha sido tan indolente y poco empático que la gente, consciente de que le han robado tanto, -hasta el miedo-se lanzó a las calles a sabiendas de que en las multitudinarias concentraciones corría tantos riesgos. Hoy nos preguntamos cómo habría sido la movilización sin pandemia. El Covid era una razón de peso para dejar “quieta en primera” a más de una persona que, aún queriendo, prefirió no marchar y protestar desde casa: aún lo hacen desde sus ventanas.

Afuera el paro continúa. No bastó que se retirara el esperpento de reforma tributaria que fue el florero de Llorente. Ni la renuncia de su autor intelectual, -el célebre ministro de la docena de huevos de 1800 pesos-. El cúmulo de pretensiones del malestar ciudadano parece no terminar y, a diferencia de las movilizaciones del pasado, hoy se la juegan en la calle muchísimos más jóvenes que se ahogan en la desesperanza y sin una visión de futuro.

Esos jóvenes, dispuestos a entregar su vida en los controvertidos bloqueos de los denominados puntos de resistencia, son fuego voraz que no se puede apagar con balas. Muy a pesar de todo lo que está amenazado, en Colombia no se puede permitir apagar esta conflagración abriendo más fuego. No es disparando armas, ni con bombas y gases lacrimógenos. No es con represión militar. Y aunque están en juego muchos otros derechos ciudadanos como el de movilidad, el de poder alimentarnos y el de sentirnos en libertad sin estar sitiados o secuestrados en “la ciudad por cárcel” (es decir, sin alimentos, sin abastecimiento y sin la garantía de la prestación de los servicios públicos), muy a pesar de esto que se torna tan insoportable y debe tener fin, nada absolutamente nada puede equipararse a la defensa del derecho a la vida y la integridad física. ¡La vida es sagrada!

Lo más doloroso de este incendio es ver cómo la leña dejó de estar representada exclusivamente en esa madera de troncos, equivalente a las brechas de inequidad. Lo indeseable ocurrió con las filtraciones a la protesta pacífica intentando deslegitimarla.

Intereses oscuros e invisibles se esconden ahora tras los actos vandálicos perpetrados a la infraestructura de los sistemas de transporte masivo y cientos de establecimientos de nuestros comerciantes resultaron afectados, cuando el único pecado que han cometido es generar oportunidades. Ellos y muchos otros emprendedores y forjadores de empleo terminaron pagando los platos rotos. Ni qué decir de las también inaceptables emboscadas a nuestros jóvenes policías y soldados. Éstas no provienen de los cientos de jóvenes que corean sus consignas pacíficamente desde barricadas y puntos de resistencia en las que, cuando cae la noche, incursiona el ESMAD. Tampoco de los inocentes que caen cuando se abre fuego en barrios y zonas residenciales populares a donde ha llegado con furia nuestra fuerza pública, como ha quedado registrado en cientos de videos en las redes sociales. Infortunadamente, la ola violenta de agresión y vandalismo oportunista confluye afuera, en la calle, la única parte donde la desobediencia de los manifestantes de la lucha popular también se la juega.

El fuego está en la calle y en el pavimento están cayendo nuestros jóvenes, los hijos de madres que quedan muertas en vida. El fuego está en supermercados incinerados, en los CAI y estaciones que deberían ser referentes de esos héroes que juraron proteger nuestra vida y también son habitados por esposos, padres e hijos cuyos familiares esperan con el alma en vilo porque conocen la misión que han prometido cumplir y que hoy están bajo las directrices de un gobierno que dejó el restablecimiento del orden público en sus manos, como si los liderazgos políticos y civiles no existieran.

Escribo esta columna con dolor de madre y la impotencia de tener el rol “directivo” de quien integra una corporación que, misionalmente, puede hacer control político departamental pero no tiene la facultad de incidir sobre las decisiones del ejecutivo nacional, más allá de ejercer presión política, mediática y social para exigir diálogo y que los ánimos de concertación prevalezcan.

Por eso, ante el dolor de ver a mi país dividido en medio un fuego que pretende ser controlado con gases y balas, y la amenaza de más medidas excepcionales que conllevan pérdida de autonomía del poder civil de los mandatarios locales y departamentales; ante la impotencia de ver a mi Valle del Cauca y a Cali, mi ciudad, con sus mandatarios desesperados pidiendo diálogo, en contrapeso a un gobierno nacional represivo que cree sin vacilación en la salida militar y algunos gremios y empresarios también desesperados, respaldando esa salida institucional de fuerza para reestablecer el orden; ante la indignación que me da saber que tres de las 24 víctimas de la sociedad civil reportadas por los organismos de derechos humanos, al cierre de esta columna, son menores de 11, 13 y 17 años de edad, impactados con armas de fuego en Siloé, y la sensación generalizada de que estamos ante una conflagración imposible de extinguir, apelo al instinto de conservación de quienes sabemos que la violencia genera más violencia para que juntos apaguemos el fuego desarrollando empatía por quienes, sin representarnos, cargan sus propias piedras en los zapatos.

La paz no se hace con los amigos ni entre quienes piensan igual. La paz, la esquiva paz, se conquista con quienes piensan y obran distinto pero antes debemos abrir puertas que permitan la escucha activa, la confrontación, revisión y reivindicación de los elementos que nos desatan los conflictos.

El fuego de un incendio social se aviva con la rabia y el miedo. Claramente Cali y las ciudades de Colombia donde la bomba de tiempo explotó son el reflejo de ambos, incluso de quienes se pontifican con la ya popular frase de los “Los buenos somos más”.

Jamás he escuchado a un bombero decir que es un actor “bueno”. He visto a estos verdaderos héroes civiles apagar los más complejos incendios y apaciguar el fuego con agua sin preguntar quién ocasionó la conflagración y menos si fue intencional o no. Los bomberos entienden el sentido de urgencia de su misión, no postergan ni aplazan; algo que deberíamos hacer nosotros con la difícil tarea del perdón, la reconciliación y la reivindicación. Los bomberos actúan con sensatez, son ecuánimes, determinados y decididos. Conocen la necesidad inaplazable de extinguir con sabiduría el fuego para preservar la vida.

Acudo a la sensatez de esa ciudadanía que hoy se piensa las condiciones del territorio que dejaremos a nuestras próximas generaciones; a esos padres y madres de familia que saben lo que significa apagar el fuego cuando sus hogares se han visto amenazados, o han debido tender puentes en situaciones inexplicables que promovieron dolorosamente sus propios familiares o hijos, con quienes debieron dialogar y reconciliarse, a que pensemos en las ciudades que habitamos como esos hogares que no pueden arder en llamas, donde el diálogo y el entendimiento deben privilegiar una agenda para la vida y no para la destrucción.

Me propongo pensar y actuar como bombera, con el sentido de urgencia de quienes trabajan en la extinción de incendios y otras tareas de salvamento. Siento que, por difícil que parezca, aún tenemos tejido social para decir que sí podemos. Iniciemos por conectar mejor con nuestra juventud. Es con ellos que cambiamos a Colombia y logramos apagar el fuego.

Pd: Conozca en este link mi carta abierta al Presidente de la República y su Sra. María Juliana Ruíz, a propósito de la propuesta que hemos hecho para que como Gestora Social la Primera Dama de la Nación coadyuve en la solución a la crisis de nuestra juventud. ¡Es dialogando y con ideas que se apagan los incendios!

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