Monumentos en la tierra del Olvido

Paola Andrea Arenas Mosquera

¡Te hago una estatua! Así decimos en el Valle del Cauca a quienes nos han despertado gratitud o admiración por algo que quisiéramos exponer y magnificar para que sea recordado. Es una forma de expresar que deseamos inmortalizar a aquella persona que hizo aquello digno de no olvidar. “Si lo logras –me quito el sombrero- te hago una estatua, un monumento”, de ahí que muchos de quienes me leen lo habrán dicho o escuchado alguna vez.

La controversia desatada en nuestro país a propósito de la movilización de un nutrido grupo de manifestantes del pueblo Misak en la ciudad de Popayán, que terminó con la estatua de don Sebastián Moyano y Cabrera, “alias Belalcázar”, derribada, tiene un trasfondo que no deberíamos pasar por alto.

Colombia debe abrir un espacio de reflexión sobre lo que esconden sus símbolos y bienes culturales de interés público, así como enfrentar con altura la discusión acerca de a quiénes, independiente de su representatividad histórica, estamos inmortalizando hoy al convertir en referentes de esa narrativa implícita en nuestros monumentos.

Que el señor Sebastián de Belalcázar, fundador de Quito, Popayán y Cali, haya sido -independiente de sus conductas- inmortalizado con un monumento y que fundar una ciudad, en medio de episodios de exterminio, resulte más destacable que liberar a sus pobladores de la esclavitud, ya deja mucho qué decir de nosotros como sociedad.

Preocupa que haya quienes persistan en asegurar que nuestros indígenas del pueblo misak no son más que una partida de violentos que deben ser castigados con todo el rigor de la ley por destruir la imagen de “su fundador”, sin razón. Quedé perpleja cuando vi al alcalde de Popayán, Juan Carlos López, ofreciendo recompensas económicas para lograr dicha captura en franco duelo por la afectación material de una escultura, cuando lo mismo no ocurre para evitar que las masacres o muertes de líderes sociales en su territorio queden impunes.

Las reacciones de destacados historiadores y defensores de los patrimonios urbanos también fueron, de cierta manera, un puñal al corazón de los indígenas caucanos. Algo así como el metal y el bronce, por encima de la vida, cuando es evidente que hoy causa más revuelo la destrucción de una escultura al hecho de ponerle fin a una o muchas vidas. Asesinatos y masacres ocupan titulares de prensa y al día siguiente pasan a segundo plano sin tantos anuncios de persecución y sed de “justicia”. Tristemente, en nuestros tiempos la vida no es sagrada y, a juzgar por los honores que rendimos a las figuras que erigimos en nuestros espacios públicos, nunca lo ha sido. Lo que el pueblo misak expresa, desde su sentir, es su indignación por considerar que la figura del mismo Sebastián que los ocupó en medio de acciones de exterminio, puesto sobre el que ellos afirman fue el cementerio de sus muertos en el Morro, es otra forma de revictimizarlos.

No estoy en contra de que nuestras ciudades cuenten con un inventario de sofisticadas obras esculpidas en bronce y hierro de autoría de los más connotados artistas de patrimonio, en su mayoría extranjeros, a juzgar por lo que investigo. Los monumentos de un territorio evocan su historia y por ello, en mi opinión, no deben desaparecer del mapa porque sí. Lo que propongo es resignificar los espacios que durante años han ocupado si tenemos en cuenta que la sociedad evoluciona y sus representaciones sociales cambian.

Me encantó conocer el concepto sobre el tema del historiador Luis Alberto Londoño Rosero: “La Constitución del 91 democratizó la nación. Nos abrió las puertas al reconocimiento de lo pluriétnico y pluricultural. Estamos instalados en una época con nuevos valores en donde se aboga por la inclusión y el reconocimiento de grupos étnicos históricamente invisibilizados como las comunidades indígenas y negras. Desde la simbología, desde el patrimonio histórico y cultural, estamos en mora de visibilizar a estas etnias y a la mujer, en procesos como el de la independencia”. Y es que, como él lo reclama, estamos en deuda con los próceres vallecaucanos que con escasos recursos y mucha determinación enfrentaron a las tropas españolas desde el grito de la independencia -el 3 de julio de 1810- hasta la llegada de Sucre y Bolívar en 1821 y 1822. Algunos como Joaquín Caicedo y Cuero, José María Cabal, José María Cuero y Margarita Cabal Barona, entre otros, cuentan con monumentos cuya presencia es ignorada por la mayoría de las personas.

¡Cómo no desear que los turistas, nacionales y foráneos, que llegan a disfrutar la brisa caleña en el fantástico mirador sobre el balcón más privilegiado, con una de las mejores vistas de nuestro Distrito Especial, pudieran llevarse un inspirador mensaje con una narrativa poderosa de lo que somos hoy como sociedad resiliente y biodiversa!

A diferencia de quienes aseguran que es absurda y califican de populista la propuesta de resignificación del monumento de Sebastián de Belalcázar, presentada por el concejal Terry Hurtado y apoyada por el alcalde Jorge Iván Ospina, considero que es una provocación al diálogo y una manera inteligente de promover una conversación de ciudad para abordar, de una forma más incluyente, el problema planteado en torno a la ausencia de representatividad de esos monumentos que son referentes de nuestra historia, pero también de la manera cómo queremos contarla al igual que los atributos y valores que queremos destacarle.

En lo personal, soy partidaria de que el señor Belalcázar estuviera como los referentes de los episodios de oprobio que tantos países desarrollados del mundo no eliminan sino que exhiben en sus museos para hacer memoria y no repetición. Estas naciones han entendido la importancia de conocer su historia sin filtros, analizar contextos, interpretar y sacar saldos pedagógicos para la reparación; pero, ante todo, ponen los reflectores en los referentes ejemplares y positivos de los protagonistas que reivindican y exaltan, erigiéndolos en los lugares más privilegiados de sus territorios.

Vivo en el barrio Arboledas, en Cali, en donde por razón del costumbrismo ubico a mis visitantes con la dirección bugueña de “… A tantas cuadras de la estatua de Sebastián…”. Soy una convencida que no es él, “su señoría el español”, con su dedo señalando al Pacífico, el que hizo de este lugar un referente. Nuestra ciudad en postal, desde este maravilloso balcón, luce fantástica con su belleza y sus vientos para propios y extraños, con o sin él. ¿Qué habría pasado si en lugar de él tuviéramos a la gran Policarpa, a Antonia Santos o a tantas mujeres y hombres berracos de nuestra conquista? O si nos fuéramos más atrás, si hubiéramos reivindicado a una cacica o cacique protagonista del oprobioso contexto de nuestra ocupación? Diríamos “… me encuentras a tantas cuadras del monumento de la gran Pola, de Antonia Santos o la Cacica Gaitana…” y ¿si el referente no fuere una persona? “… me avisas cuando llegues al mirador del monumento de la niñez…”. Bueno, uno puede soñar en voz alta.

Soñar emociona y no cuesta. Sigo soñando con los referentes que quiero construir en el imaginario de mi hijo Samuel y que serán, en el futuro próximo, los nuevos monumentos de esta tierra del olvido.

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