La reformitis

Edwin Maldonado

El día de ayer se radicó por fin el proyecto de Ley de Solidaridad Sostenible o mejor dicho la “Reforma Tributaria”. Teniendo en cuenta lo que dije en mi anterior columna, que en 20 años ya van 13 reformas de este tipo, no pude evitar reflexionar sobre una realidad que vivimos en nuestro país, la reformitis. En Colombia estamos acostumbrados a una reforma constante de las políticas, los programas, las instituciones, etc. pero pareciera que no cambiáramos nada y que seguimos arrastrando los mismos problemas, sin un avance palpable.

No se pueden negar las mejoras en diferentes materias, sería reduccionismo y maniqueo, ni tampoco se puede negar que en muchas ocasiones son necesarias las reformas para adaptarnos a las nuevas realidades, a propósito del momento de cambio que estamos viviendo, y que ha acelerado muchas transformaciones que se venían dando lentamente en nuestro país.

El problema no son las reformas, el problema es qué se cambia y cómo se hace el cambio, puesto que muchas veces se cambia la política pero no se ajustan los instrumentos para garantizar su ejecución, se cambia la institución pero no las prácticas corruptas o ineficientes, y en general se cambia la forma pero no el fondo. Por otro lado, se dan cambios muy seguidos sobre un tema que crea incertidumbre jurídica que afectan las decisiones de las personas y empresas.

En el Congreso es natural que por su función se den muchas reformas, cada semana en promedio se aprueba una ley, pero es exagerado ver como cada año se radican alrededor de 500 proyectos y lo peor es que se aprueba una reforma de ley en un año, y un año después la está reformando de nuevo, es muy común también ver congresistas que radican cada año los mismos proyectos que no les aprueban, para mostrar gestión, mientras que muchas reformas que si son necesarias, parecen vetadas.

También, es normal ver como muchas veces se cambia el nombre a una entidad o programa pero en su interior sigue siendo igual, se puede ver cómo llega un nuevo gobierno local o nacional y empieza la reformitis de todo los que venía del gobierno anterior. Incluso, muchas veces se cambian programas sin haber verificado su impacto, o por cualquier inconveniente se acaba un programa sin verificar en dónde se dio la falla y si se podía corregir, es normal escuchar añoranzas de programas que existieron hace años y no se sabe por qué se acabaron. En general, son pocas las veces que se construye sobre lo construido, a menos que se trate del mismo grupo político.

Pero el ejemplo más grande de la reformititis en nuestro país, es nuestra propia constitución. La Constitución de 1991 está a punto de cumplir 30 años de su promulgación y ya cerca de 60 reformas, casi dos reformas por año. Pero esto viene de atrás, la constitución de 1886 tuvo 70 reformas en 104 años de vigencia, mientras por ejemplo constituciones como la de Estados Unidos que tiene 232 años lleva solo 27 enmiendas. De esta comparación no se puede sacar una conclusión ligera, de si es bueno o malo, de seguro muchas reformas fueron positivas pero habría que ver cuáles eran pertinentes.

Pero ya dejando a un lado esto, quiero volver a la coyuntura actual, en donde un gobierno plantea una reforma del sistema tributario teniendo en cuenta que las finanzas públicas debido a la crisis se han visto afectadas. Es normal y responsable que dentro de las funciones básicas de un gobierno, una sea la estabilización de las finanzas, puesto que, está implicada con la salud económica y de esta depende que se puedan emprender otras políticas de forma sostenible, por ejemplo las sociales, que en este momento son tan necesarias. ´

Sin embargo, sigo sosteniendo que es un momento inoportuno, no tenemos claro el real impacto en la economía de esta crisis y cualquier cambio afecta la confianza de los agentes económicos, que se han visto golpeados. Adicionalmente, una reforma en un ambiente de crisis y polarización hace que las discusiones no se den de la mejor manera y se pierda la oportunidad de hacer muchas mejoras a nuestro sistema tributario para hacerlo más equitativo y competitivo.

Es clara la regresividad del IVA, pero se debería avanzar primero en la devolución a los más vulnerables y luego hacer la discusión difícil de si es conveniente gravar todos los productos, pero a una tasa mucho más baja, del alrededor del 10% para corregir las distorsiones. Es verdad que se debe hacer ajuste en la base gravable del impuesto de renta de personas naturales, pero ahora los bolsillos de la población están afectados y no se van a poder tomar las mejores decisiones para que todos aportemos de acuerdo a nuestro ingreso, lo mismo pasa con patrimonio y dividendos, en línea con países desarrollados donde la carga está en las personas, sobre todo los que más ganan, y no en las empresas. Es cierto, ya de por si el sistema de pensiones es inequitativo y que se debe hacer unas mejoras, pero la coyuntura no va a dejar que se tomen las mejores decisiones.

Sin haber terminado de leer y entender todos los aspectos de estas 110 páginas que componen la reforma, quise mencionar estos aspectos que va a complicar la votación del congreso y que se deberían discutir bajo otro contexto, sin desconocer que hay aspectos positivos y que si son pertinentes en esta coyuntura. Pero quiero insistir en que el esfuerzo debe estar por el lado de la eficiencia en el gasto, en el control de la informalidad, evasión y elusión y en el acceso a financiamiento internacional.

Por último, creo que una reforma tributaria se debería hacer luego de corregir otros aspectos estructurales que no responden a la coyuntura sino a una necesidad sobre diagnosticada del país, para ser más competitivo y equitativo.

La primera de ellas es la reforma laboral, sobre la que ya he dado algunas ideas: “Dos barreras a la recuperación del empleo en Colombia” pero tiene muchos aspectos que deben analizar para tener un sistema ajustado a la realidad actual. La segunda tiene que ver con la formalidad, porque a pesar que existe un CONPES en esta materia, es evidente que tenemos muchos retos, y que de esto depende otros factores de la economía, como lo es la tercera reforma que creo necesaria, que tiene que ver con el sistema de protección social y de pensiones, para hacerlo sostenible y equitativo. Por último, hay una discusión que siempre se ha aplazado en Colombia, debido a las fallas de la apertura económica, y tiene que ver con el comercio exterior, donde tenemos que afrontar muchos retos en materia de barreras y facilidades.

Todas estas reformas son muy difíciles de digerir, pero inaplazables y pertinentes. Estas exigen discusiones amplias y sobre todo la participación de todos los actores de la sociedad para lograr llegar a un acuerdo social. Solo con la inclusión activa de todos actores en la construcción de estas políticas públicas, se podrían garantizar una implementación más eficaz y duradera, sin depender de coyunturas o cambios de gobierno, y sin necesidad de volver a la reformitis.

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