En apenas un año de su segundo mandato, Donald Trump dio de baja a 66 organismos internacionales, incluyendo 31 agencias de la ONU.
Es lo que The Economist ha denominado como el avance de una auténtica “bola de demolición” contra el orden internacional que Estados Unidos ayudó a construir después de 1945.
El mismo país que diseñó las instituciones multilaterales de posguerra, la ONU, el sistema de Bretton Woods, las alianzas de seguridad, está ahora activamente destruyéndolas.
Es como si, a mitad del partido, el árbitro dejara el silbato sobre el césped y abandonara la cancha.
Estamos presenciando un cambio de filosofía. Marco Rubio, hoy secretario de Estado, afirmó que el orden internacional de posguerra “ya no es solo obsoleto: es un arma que se usa en nuestra contra”, mientras Steve Bannon celebra que ese sistema basado en reglas haya sido enviado “al basurero de la historia”.
Del otro lado del Atlántico, Ursula von der Leyen lamenta que “Occidente, tal como lo conocíamos, ya no existe”.
Para el historiador Odd Arne Westad, se trata del desmantelamiento del enfoque universalista que definió la política exterior estadounidense durante gran parte del siglo XX.
La consecuencia para América Latina es un Estados Unidos dispuesto a exigir más y ofrecer menos, donde las alianzas, la cooperación e incluso la seguridad pasan a negociarse como cualquier otra transacción, pero una transacción cada vez más cotosa.
La segunda advertencia proviene de las revoluciones europeas de 1848.
Aquel impulso transformador terminó fracturado por sus propias contradicciones: el nacionalismo dividió a los revolucionarios, los gobiernos colapsaron y, aunque las monarquías recuperaron el poder, Europa nunca volvió a ser la misma.
Algo similar podría ocurrir con la bola de demolición de Trump.
Dos de cada tres estadounidenses aún creen que su país debería considerar los intereses de otras naciones, aunque por primera vez desde 2002 una mayoría (53 %, según el Pew Research Center) percibe que Washington ya no lo hace.
Pero, así como Europa nunca regresó al sistema de Metternich, los vínculos entre Estados Unidos y sus aliados difícilmente recuperarán la profundidad de las últimas ocho décadas.
Para América Latina, cuya competitividad depende de la confianza y la previsibilidad, esa puede ser la lección más incómoda.
El tercer aprendizaje es quizá el más inquietante.
Las revoluciones casi nunca terminan donde sus promotores imaginan.
La Revolución Francesa comenzó reclamando reformas razonables y apenas cuatro años después desembocó en el terror.
No porque toda revolución conduzca inevitablemente a ese desenlace, sino porque una vez se desmontan las reglas que contenían el sistema, nadie controla por completo las fuerzas que se liberan.
En un mundo donde el árbitro abandona la cancha, los actores más poderosos encuentran menos razones para contenerse y los más pequeños descubren que el derecho internacional protege ahora a los más fuertes.
Para América Latina, este nuevo escenario obliga a revisar muchos de los supuestos sobre los que hemos construido nuestras estrategias de desarrollo.
Competitividad ya no significa únicamente atraer inversión o fortalecer infraestructura; también implica construir instituciones capaces de generar confianza cuando el entorno internacional deja de hacerlo.
En un sistema donde las reglas son cada vez más negociables, la resiliencia institucional pasa a convertirse en un activo estratégico.
¿Estamos fortaleciendo nuestras instituciones para competir en un escenario con menos reglas compartidas?, ¿qué tan dependientes siguen siendo nuestras estrategias de un orden internacional que ya no está garantizado?, ¿y estamos construyendo capacidades propias o seguimos esperando que alguien más preserve la estabilidad sobre la que diseñamos nuestro futuro?
Nuestro mayor riesgo radica en seguir tomando decisiones con las categorías de un orden internacional que ya dejó de existir.
Porque cuando el árbitro abandona la cancha, prosperan las regiones capaces de sostener su propio juego, sin esperar a que alguien más vuelva a hacer sonar el silbato.
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