El funeral del 2020

Paola Andrea Arenas Mosquera

Después de varias semanas de ausencia, regreso hoy, 31 de diciembre – y tenía que ser jueves de “Reflector”- como le llamo a esta tribuna de opinión que Dios y los directivos de Diario Occidente me concedieron, para asistir a un funeral muy especial. De antemano agradezco estar viva para comparecer a este velorio y acompañar el entierro de 365 días de lecciones imborrables y aprendizajes renovadores.

Si usted como yo, está vivo para contarlo, por favor no le reduzca importancia a la hazaña, no la normalice. Usted abrió los ojos esta mañana porque Dios, o esa fuerza superior en la que usted crea, lo tiene aún aquí, con todo lo que haya representado este año para su familia, los suyos o seres cercanos, para ser testimonio de sobrevivencia.

No necesita decir que se reinventó o reprogramó. Quizás sus circunstancias personales, familiares, laborales o productivas, no le hayan alcanzado para esa meta. Si esta vivo, con o sin padecimientos de salud, ¡celebre! Dé gracias y acompáñeme a cremar o enterrar -como lo prefiera-, este año de enseñanzas. Cerremos el ciclo. Saldemos y llevemos a ceros el libro de cuentas afectivas o pendientes de este difícil año y alistemos la primera página en blanco del 2021, no sin antes marcar la portada del nuevo libro con letras mayúsculas en señal de esperanza.

Antes de este ritual, por favor perdonémonos. Imposible perdonar al 2020 por todo lo que nos haya quitado sin antes perdonarnos a nosotros mismos. Empecemos intentando renunciar al dolor, al desaliento, la rabia, la tristeza o la melancolía. Intentemos reivindicar todo lo que nos arrugó el corazón, pensando en el tránsito de aquellos a quienes perdimos, a otra dimensión en la que trascendieron. Intentemos revestirnos de coraje para enfocar el aliento en los que quedamos.

Estamos llamados a amarnos, restaurarnos, reactivarnos y construir colectivamente, los espacios familiares, laborales, académicos y productivos, que nos saquen adelante con la fé inquebrantable, el espíritu invencible y la actitud inderrotable.

Como en todo velorio, al muerto se le deben conceder los méritos de lo bueno que nos dejó en vida. Hoy asistimos a las exequias de un 2020 al que hay que abonarle el nivel de confrontación que nos permitió.

Al mejor estilo de un gran psicoanalista, este año nos sacudió a todos y nos confrontó lo suficiente como para volvernos más humildes y compasivos, más solidarios y resilientes, más conscientes de la impermanencia de nuestras vidas y de la fragilidad de los terrenos que edificamos. Este muerto nos dio una magistral lección de lo livianos que podemos vivir y nos ayudó a priorizar lo que nos mueve.

Don 2020 nos mostró que no hay riqueza material que determine la salud ni la continuidad de la vida y nos enseñó a valorar a las personas y profesionales que a diario se la juegan por empacar nuestro paracaídas: Médicos, enfermeras, terapeutas, profesionales de la salud, maestros, agricultores, personal de aseo, seguridad y vigilancia; madres comunitarias y voluntarios activistas que han edificado silenciosamente en los territorios ejerciendo la caridad. Mi respeto para ellos porque no dicen, ¡hacen!… y hablan desde las acciones.

A mi en lo personal, el muerto me marcó y pienso que para bien. Me enseñó a tenerle respeto al planeta, a reciclar y a sembrar. Emprendimos con mi hijo una huerta casera para que recordar permanentemente que sin campo no hay ciudad. El 2020 también me llevó a observar más, escuchar mejor, callar cuando debía y a alzar la voz cuando quería.

Aprendí a ser más co-equipera que Jefa, a cuidar los amigos, a estar más pendiente de mi familia y a ser mejor esposa y mamá. Me apersoné de la educación de mi hijo, aprendí a leer e interpretar mejor sus necesidades, a pasar más y mejor tiempo con él. Aprendí que soy su mejor profesora y que él, a sus siete años, preferiría “escuela en casa” porque su mamá aprovechó la pandemia para hacer un master en pedagogía con cada situación cotidiana que al principio nos exacerbaba y finalmente nos hizo maestros el uno del otro.

Este 2020 me enseñó que el colegio sirve para socializar pero la disciplina, el ritmo y el liderazgo se imparten en casa. Aprendí a depender menos en lo doméstico, a hacer más oficio, lavar platos y me volví obsesiva con la limpieza. Saqué más entusiasmo y coraje para inyectarle a mis familiares, amigos y a quienes buscaron mi hombro para llorar cuando se sentían desalentados. La actitud es un revitalizador de la salud física y mental. Hoy siento que a pesar de todo, este año vino impregnado de esa fuerza de Dios que nos permite superar cada suceso y continuar.

Y ahora sí, de la dimensión individual, en la que usted también reflexionará, pasemos a la colectiva. Este año que enterramos nos permite a todos migrar a escenarios más colaborativos. Nos ha entrenado fuerte despertando empatía, -esa capacidad de ponernos en los zapatos de los demás- A quien les falte, la tendrán dura porque la vida nos repite la lección hasta que la aprendemos. El tiempo de Dios es perfecto y por eso el camino conduce a respetar los tiempos de conversión o transformación de cada persona, pero créame que el universo nos necesita más sensibles, menos señaladores, más proactivos y menos criticones. Haciendo más de lo que decimos.

Abrazo desde aquí a todos mis lectores, a los padres de familia, a los emprendedores y empresarios que la tuvieron (tuvimos) tan dura, yo sé lo que es contar centavos para pagar la DIAN, para renovar la cámara de comercio y no cerrar, o para empezar de cero…Mientras haya vida y salud, siempre se podrá volver a empezar. Cuidémonos y cuidemos los nuestros, -nuestros niños muy especialmente-.

Hace muchos años, nuestros bisabuelos y abuelos, para no ir muy lejos, vivieron guerras dificilísimas, pestes, migraciones involuntarias, sucesos de violencia, desplazamiento y exterminio. Ellos tocaron fondo y se volvieron a levantar. Nosotros no seremos inferiores a su impronta y ADN.

Sepultemos este 2020 con gratitud por los aprendizajes que nos dejó y firmes propósitos de corto y mediano plazo que sean realidad en el nuevo año.

Yo me he propuesto seguir trabajando por un departamento del que se sienta orgulloso mi Samuel. Edificaré desde la propia narrativa que reinventemos para posicionarnos ante el mundo. Esa compleja tarea comienza cuidando nuestros discursos y la forma como nos definimos a sí mismos y a los nuestros!…A nuestros gobernantes, a nuestros ciudadanos, a nuestros grupos de interés, a todo nuestro tejido social. Recuerden que no hay partido que una buena selección haya ganado sin trabajo en equipo.

Paz en la tumba del 2020. Estamos listos para celebrar el alumbramiento del 2021. Que llegue con la esperanza y la fe inquebrantable que necesitamos. Por favor mire a los ojos de quienes ama y dígales “Todo va a estar bien”. Hecho está!

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