Una Constituyente, ideada y dirigida por un gobierno de izquierda o comunista, siempre causará desconfianza, por su motivación y dirección.
En Venezuela, por ejemplo, el chafarote Hugo Chàvez, cuando ganó la presidencia por primera vez, juró ante una biblia, que respetaría la Constitución, principalmente, su período presidencial de cinco años, situación que nunca cumplió, pues ya tenía planeado aplicar una reforma constitucional con el maquiavélico propósito de quedarse eternamente en el poder o, señalar un heredero en caso de muerte, tal como se lo enseñó Fidel.
Su heredero fue, nada más y nada menos, que Nicolás Maduro, nacido en Ocaña (Santander-Colombia). Ambos ganaban todas las elecciones y reformas, pues contaban con una registradora de bolsillo—Tibisay Lucena (q.e.p.d.) —Hoy, gracias a eso, los venezolanos, millones de ellos, todavía caminan trochas y carreteras buscando mejor destino.
Pues en Chile un señor Bòric, el izquierdista que ganó la presidencia hace unos diez meses, gracias a sus discursos populistas y al incendio al que fue sometido ese país hermano, quiso atornillarse en el poder y, cambiar vitales conquistas por otras que siempre pretenden empobrecer un país, es decir, nivelar o equilibrar por lo bajo, igualando la pobreza o la miseria.
La izquierda jamás mejora condiciones de ninguna índole, salvo que le muestren a uno un país gobernado por ellos, donde el desarrollo y el bienestar sean un ejemplo para mostrar. Argentina, linda nación y otrora lo mejor de lo mejor, con cultura europea, cayó, hace 20 años en manos de la izquierda y, hoy, da pena.
En Colombia Gustavo Petro, de vez en cuando, nos vende esa riesgosa posibilidad y, la verdad es que nos estremece pensar que nos quedaríamos sin elecciones generales, sin absoluta libertad de prensa y reunión, sin debate libre, dónde, según “Rosa Luxemburgo”, de Mijaíl Shatron, disidente ruso, personaje de una obra teatral de 1936, denominada “Adelante, adelante, adelante”, de la época de Vladimir Ilich Lenin, “la vida desaparece de toda institución pública, se transforma en mera apariencia y solo la burocracia permanece activa.
El socialismo sin libertad política no es socialismo. La libertad solo para los partidarios activos del gobierno no es libertad.” Esta frase de Rosa Luxemburgo, hizo exclamar al mismo Lenin: “Bravo, Rosa,” pero de dientes para afuera.
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