La contienda electoral ya pasó. Colombia habló en las urnas y la democracia tomó una decisión que debe ser respetada.
Después de una elección, el país no puede quedarse atrapado en el ruido de la competencia.
Hay un momento para debatir, otro para elegir y otro, quizá el más importante, para encontrarnos.
En democracia, ganar no debería ser una autorización para excluir, ni perder una excusa para odiar.
Ganar implica recibir una confianza enorme y, al mismo tiempo, una responsabilidad mayor: gobernar también para quienes pensaron distinto. Perder tampoco significa dejar de tener voz; significa seguir aportando desde la crítica responsable, el respeto y el amor por Colombia.
A veces olvidamos que detrás de cada voto hay una historia, una preocupación, una esperanza y una forma legítima de imaginar el país.
Nadie ama menos a Colombia por votar diferente. Por eso, cuando la contienda termina, insistir en la pelea es perder de vista lo esencial: seguimos siendo parte de una misma nación.
Colombia necesita que bajemos el tono y elevemos el propósito. Necesita menos heridas abiertas y más manos dispuestas a construir.
La seguridad, el bienestar social, la educación, el empleo, la reconciliación y las oportunidades para las regiones no se resuelven desde el desprecio. Se resuelven escuchando, trabajando y reconociendo que ningún sector tiene por sí solo la respuesta completa.
También necesita que reafirmemos un principio fundamental: el respeto por todas las personas, por sus diferencias, sus ideas, sus creencias y sus formas de vivir.
Una democracia sana no se construye eliminando derechos ni desconociendo la dignidad de quienes piensan distinto.
Por el contrario, se fortalece cuando protege las libertades, garantiza la participación y reconoce que la diversidad es una riqueza y no una amenaza.
La historia nos recuerda que, en muchas ocasiones, las mayorías han impuesto su voluntad por encima de los derechos de otros. Cuando eso ocurre, se generan exclusiones, injusticias y dolores que pueden marcar generaciones enteras.
Por eso, el verdadero desafío democrático no es solo respetar la decisión de las mayorías, sino asegurar que esa decisión nunca se convierta en una razón para vulnerar derechos ni para desconocer a las minorías.
En el Pacífico colombiano decimos que hay que “aguantar la lancha”. Es decir, tener calma cuando el río se pone difícil, no soltar el remo en medio de la tensión y entender que solo se llega a buen puerto si todos ayudamos a sostener el rumbo.
La contienda pasó. Ahora somos un solo equipo: Colombia.
Es hora de convertir la unidad en acción: escuchar más, colaborar más y asumir, desde cada región, institución y comunidad, la tarea de construir un país más seguro, más justo y con más oportunidades para todos.
La democracia no termina el día de las elecciones; ahí comienza el trabajo colectivo. Dejemos atrás las trincheras, tomemos juntos el mismo rumbo y demostremos, con hechos, que cuando Colombia se une es capaz de construir un futuro donde el respeto, los derechos y la diferencia tengan siempre un lugar para todos.
Sobre la autora…
Johana Caicedo Sinisterra es una líder social comprometida con el bienestar y la transformación de vidas. Es profesional en Filosofía, magíster en Educación y doctora en Humanidades. Desde el servicio público, ha trabajado por la igualdad, las oportunidades y la construcción de una sociedad más humana y justa.
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