Cali, mayo 31 de 2026. Actualizado: viernes, mayo 29, 2026 21:40
Mauricio Ríos Giraldo
Jefe de Redacción-Diario Occidente
En medio de un debate nacional sobre el impacto de la representación del narcotráfico en la imagen de Colombia, la reedición de Comandante Paraíso, de Gustavo Álvarez Gardeazábal, resurge como una pieza literaria clave para entender el rol de los traquetos en la historia reciente del país.
En una entrevista reveladora, el autor explora los orígenes y tabúes de este fenómeno, para sustentar su hipótesis de que el narcotráfico fue una revolución.
El análisis de Gardeazábal arroja luz sobre el profundo impacto de la cultura traqueta en las estructuras sociales y económicas de la Colombia de hace 40 años y la actual. Como en otras de sus obras, el escritor logra convertir un relato de ficción en un referente histórico.
Lo mismo me dijeron cuando publiqué Cóndores. La crítica bogotana, encabezada entonces por Juan Gustavo Cobo Borda, y la caleña, por Álvaro Bejarano, fallecidos ambos, despotricaron porque Colombia no resistía una novela más sobre la violencia.
¿Pero alguien había escrito antes de Comandante Paraíso (o después) del fenómeno de los traquetos ? Todos evaden explicar sus orígenes, por eso mi novela es hoy vigente.
Nací y viví en Tuluá, y allá no solo se dieron los pájaros del “Cóndor”, allá surgieron y se desarrollaron los traquetos, embriones de lo que sería después la gran revolución incompleta del narcotráfico, que nos cambió patas arriba a este país.
Es por los efectos de la cultura traqueta que pasamos por las que pasamos, pero aquí no quieren entender la realidad mirando hacia los orígenes. Yo insisto en el efecto revolucionario de la traquetería y lo que han causado tantos comandantes paraísos en muchos lugares de Colombia.
En Colombia existe la marcada tendencia a minimizar nuestra verdadera capacidad. Quizás por la educación judeo cristiana que puso por delante la culpa y la vergüenza no hicimos introspección sobre todo lo que significó el narcotráfico como revolución. Ahora, 40 años después, cuando ya la cultura traqueta penetró en nuestras estructuras sociales y económicas, apenas nos estamos dando cuenta que esa revolución sí existió. Nos volteó el escaparate, tanto que ya no nos da vergüenza aceptar que somos parte de esa cultura.
Los elementos de una revolución son constantes, así ella sea de izquierda, como la revolución rusa, o de derecha, como el nazismo y el fascismo, o antimonárquica y anticlerical, como la revolución francesa. A lo largo de estos 40 años no lo sentimos, pero si comparamos, se advierte el poder revolucionario engendrado por los traquetos.
Hubo sangre y muerte, hubo trastocamiento de valores, hubo cambio en la pirámide social, con un achatamiento de ella, y hubo un cambio radical en la propiedad de la tierra, pero, como tenía visos de derecha, pero no tuvo ideología cierta, porque comenzó siendo una batalla contra la extradición y contra los gringos y terminó siendo un intento vano por cooptar el Estado o por oponerse a esa posibilidad entre paracos y guerrillos. Pero, además, porque toda revolución necesitaba su Napoleón, su Stalin, su Hitler, su Fidel Castro y nosotros no lo tuvimos, afirmo que resultó incompleta.
No le contesto su pregunta, le planteo esta respuesta: Cuando publiqué esa novela en el 2002, la evolución de la traquetería estaba llegando a su culmen. Unos años antes las AUC habían comenzado a actuar como un ejército paralelo y era evidente que el Ejército Nacional de los Traquetos que yo parodio como el que organiza Enrique Iscariote Londoño, el “Comandante Paraíso”, se parecía mucho a lo que estaba dirigiendo desde hacía años Carlos Castaño.
No la ha superado, la ha absorbido. La Colombia de hoy es una transformación, unas veces para bien, otras para mal, de la Colombia de hace 40 años. La cultura traqueta penetró y bien hondo en sus estructuras.
No hay que rebuscarse mucho, el fenómeno de Robin Hood parece repetirse en muchas variables en la historia y en Colombia, un país de guerras civiles, de armisticios y de amnistías en donde los malos pasan a ser buenos de la noche a la mañana y la gente prefiere condenarlos o glorificarlos antes de tiempo. El pueblo es sabio. Yo lo que hice fue recoger en narrativa ese sentimiento.
Comandante Paraíso es la sumatoria de todas esas opciones, se parece a muchos de los grandes y fugaces traquetos que tuvimos entre 1985 y el 2000, pero en el fondo son la escanografía de un modelo que se repitió en muchos pueblos y regiones y, sin duda alguna, el germen del narcotráfico, como lo han registrado después en textos y películas. Lo que pasa es que yo concebí la novela sobre mi teoría de la revolución del narcotráfico y para fundamentarla al futuro quería encontrar el modelo repetido y percibido por quienes leerían mi novela. Parece que acerté. 22 años después Comandante Paraíso ya es casi un genérico, porque el país se llenó de esos comandantes….
Por supuesto. Gobernar a Tuluá en 1988 y 1992 era gobernar una ciudad en donde no menos de uno o dos centenares de reconocidos ciudadanos aspiraban a graduarse de trepadores sociales actuando como traquetos.
Físicamente sí, pero todo ello era superable. Lo que sí constituyó una presión muy grande era la sensación de fracaso que entonces me invadía. Releyendo ahora esta novela entiendo por qué pude lograr un personaje tan bien logrado para la historia que se narra, pues no es fácil describir la derrota sin haber mordido primero el suelo.
Ya se volvió. La gran cantidad de petitorios de profesores y estudiantes, sin duda alguna, todos jóvenes, para que les ayude a descifrar la novela que les han puesto a leer en sus colegios, indica que toda esa generación no ha tenido conocimiento de un período crucial en la vida colombiana. Pero parece que ese oficio me tocó a mí, que nunca he sido historiador sino novelista.
La Biblioteca Gardeazábal es una idea novedosa. La alianza de los almacenes Éxito y la editorial Intermedio, de El Tiempo, ha permitido muchas cosas al mismo tiempo. Poner a precio asequible una docena de obras de Gardeazábal, llegar a todo el país y renovar no solo la lectura de libros icónicos, sino renovar la discusión que durante medio siglo y cada que salía uno de mis libros se armaba. Por supuesto, me da un reconocimiento que muy pocos hemos tenido en la historia de la literatura colombiana.
En abril saldrá Las mujeres de la muerte, que será discutida el 1 de mayo en la Feria del Libro en Bogotá en un panel internacional. Es un homenaje a esas mujeres víctimas de todas las violencias y abusos pueblerinos. Allí se reconocerán millones de viudas, de huérfanas y de madres angustiadas.
Que el poder sin violencia ha sido muy pocas veces reconocido en Colombia. Yo tal vez sea una excepción, no he necesitado de la violencia para ser reconocido y respetado y poner a pensar al país.

Fin de los artículos
Ver mapa del sitio | Desarrollado por: