Cali, junio 13 de 2026. Actualizado: viernes, junio 12, 2026 23:56
Luis Ángel Muñoz Zúñiga
Especial – Diario Occidente
Antes de la escritura los hombres narraron mediante imágenes. Los jeroglíficos en las cuevas de Altamira nos cuentan las actividades de la caza que permitieron la subsistencia de los primeros hombres. Después, los pintores plasmaron en finos lienzos y murales sus imágenes artísticas contextualizadas socialmente. Durante siglos la pintura requirió del talento artístico y sus producciones estéticas eran adquiridas sólo por los mecenas o quedaron coleccionadas en los museos. Solamente a mediados del siglo XIX aparece la cámara que captura la imagen en un instante, originando el ejercicio de la fotografía, que pronto se popularizó entre la sociedad. Desde sus comienzos las tomas fotográficas fueron guardadas, adheridas en álbumes familiares que se conservaban celosamente en sitios donde archivaban las escrituras de propiedad y demás documentación personal. Pero la tecnología, tras desprofesionalizar a los fotógrafos, facilitar y abaratar la toma de imágenes, arrasó con el álbum de familia.
“Desde sus inicios, la fotografía implicó la captura del mayor número posibles de temas. La pintura jamás había tenido una ambición tan imperial. La ulterior industrialización de la tecnología de la cámara sólo cumplió con una promesa inherente a la fotografía desde su mismo origen: democratizar todas las experiencias traduciéndolas a imágenes. Aquella época en que hacer fotografías requería de un artefacto incómodo y caro –el juguete de los ingeniosos, los ricos y los obsesos- parece, en efecto, muy remota de la era de elegantes cámaras de bolsillo que induce a todos a hacer fotos”, aduce Susan Sontag en su ensayo Sobre la fotografía (Alfaguara 2005. Página 21) “Las cámaras se integran a la vida familiar. Según un estudio sociológico realizado en Francia, casi todos los hogares tienen cámara. Mediante las fotografías cada familia constituye una crónica-retrato de sí misma, un estuche de imágenes portátiles que rinde testimonio de la firmeza de sus lazos. Poco importa cuáles actividades se fotografían siempre que las fotos se hagan y aprecien” (Ibidem página 23)
Desde los inicios la fotografía fue desempeñada profesionalmente por personas dedicadas a capturar las imágenes. Los nacimientos, las fiestas, los actos solemnes y las reuniones sociales, requerían que se contratara un fotógrafo o persona que tras proveer su cámara con rollos, en los eventos registraba los momentos haciendo flash, luego los descargaba en un cuarto oscuro, los revelaba en platones con agua y finalmente copiaba las imágenes en un papel especial. Por eso no había evento familiar o social donde faltara este profesional que al momento de las tomas dirigía las poses de los miembros de los grupos, como un director de orquesta lo hace con sus músicos. El momento de la fotografía era el más solemne en cualquier reunión. Cuando el profesional finalizaba los procesos, entregaba las copias a los interesados y estas ya tenían su lugar reservado en el álbum familiar.
El álbum conservaba la historia gráfica de la familia y siempre fue archivo íntimo de propiedad colectiva de sus miembros. Cada que un miembro de la familia formaba tolda aparte, lo primera que hacía era continuar esa tradición iniciando un ciclo con otro álbum para su nueva familia. Armando Silva en su exhaustivo estudio “Álbum de familia. La imagen de nosotros mismos” (Norma 1998), le reconoce un valor narrativo al álbum de fotos familiares al representar un archivo visual que puede considerarse como hecho literario, porque junta imágenes que recrean relatos caprichosos que se actualizan con el paso de los años. “No puede haber álbum sin familia representada, sin foto revelada, o sin predisposición a algún tipo de archivo; pero tampoco lo habría sin contar o pretender contar una historia”.
Con la tecnología aplicada a la toma de imágenes, el álbum familiar fue relevado por los archivos fotográficos conservados en la nube de internet. Dejó de ser propiedad colectiva de la familia y se individualizó, restringiéndose en los archivos electrónicos personales. En los eventos familiares y sociales se anarquizó la toma de fotografías que antes era un acto solemne, hay igual número de participantes que fotógrafos, cada uno saca su celular y hace flash cuantas veces se le antoje. Lo más paradójico es que sin consentimiento alguno cualquiera se atreve a publicarlas en Facebook. Además de las imágenes perder la privacidad que merecen los actos íntimos, se diseminó la esencia del álbum familiar y se falsificó la fotografía porque con los aparatos tecnológicos cualquiera puede alterar la fidelidad de la imagen, hasta el punto que fácilmente deforman los rasgos de una persona o los ambientes de los lugares. Estos quedan tan perfectos que es difícil descubrir los trucos y muchas veces han generado problemas que llevan a los estrados judiciales.
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