Cali, julio 3 de 2026. Actualizado: viernes, julio 3, 2026 17:17
Las imágenes llegaron una tras otra.
Familias llorando frente a lo que quedó de sus casas, personas buscando desesperadamente a sus seres queridos entre el lodo, niños siendo rescatados en medio del desastre y comunidades enteras enfrentando la incertidumbre.
Aunque la tragedia ocurrió en Venezuela, el impacto emocional ha cruzado la frontera y ha alcanzado a miles de colombianos que han seguido minuto a minuto la emergencia a través de la televisión, las redes sociales y los medios digitales.
Los psicólogos llaman a este fenómeno trauma vicario o trauma indirecto.
Se trata de una reacción emocional que experimentan las personas al exponerse repetidamente al sufrimiento ajeno, especialmente cuando las imágenes son muy fuertes, se consumen durante varias horas al día o generan una identificación emocional con las víctimas.
En un país como Colombia, donde millones de familias tienen amigos, vecinos o familiares venezolanos, la conexión emocional puede ser aún más intensa.
No se trata simplemente de observar una noticia; muchas personas sienten que podrían haber sido ellas quienes estuvieran viviendo esa situación.
Aunque la tragedia ocurra a cientos de kilómetros de distancia, el cerebro puede reaccionar como si el peligro estuviera cerca.
Al observar escenas de angustia, destrucción o muerte, el organismo activa mecanismos similares a los que se producirían frente a una amenaza directa.
Aumentan los niveles de adrenalina y cortisol, el corazón acelera su ritmo y aparece una sensación de angustia difícil de explicar.
Es una reacción profundamente humana.
Nuestro cerebro está diseñado para desarrollar empatía. Al ver sufrir a otros, especialmente cuando se trata de niños, familias o personas con las que sentimos cercanía cultural, se activan regiones cerebrales relacionadas con nuestras propias emociones.
Mantenerse informado es importante, pero la exposición continua a contenidos altamente impactantes puede terminar afectando la salud mental.
Algunas personas comienzan a experimentar ansiedad, tristeza persistente, dificultades para dormir o una sensación constante de preocupación.
Otras sienten culpa por estar a salvo mientras otras familias lo han perdido todo.
También es frecuente que aparezcan pensamientos repetitivos sobre la tragedia o que las imágenes regresen una y otra vez durante el día, incluso cuando ya no se está viendo televisión.
Los especialistas advierten que este fenómeno se ha vuelto cada vez más frecuente debido a la inmediatez de las redes sociales.
Antes las personas recibían una o dos imágenes de una tragedia. Hoy pueden exponerse durante horas a videos, transmisiones en vivo y fotografías extremadamente sensibles.
Sentir dolor por lo que ocurre en otro país habla de nuestra capacidad de empatía, pero eso no significa que debamos permanecer conectados permanentemente al sufrimiento.
Los psicólogos recomiendan establecer momentos específicos para informarse y evitar consumir imágenes repetitivas durante todo el día.
Ver una y otra vez escenas de destrucción no aumenta nuestra comprensión de la tragedia, pero sí incrementa la carga emocional.
También es importante verificar la información y evitar cadenas de mensajes o videos que muchas veces exageran o muestran imágenes antiguas fuera de contexto.
En Colombia, además, muchas personas pueden sentirse especialmente vulnerables porque las imágenes despiertan recuerdos de otras emergencias que el país ha vivido.
Deslizamientos, terremotos, inundaciones, avalanchas y episodios de violencia han dejado huellas emocionales en miles de familias.
Al observar una nueva tragedia, esos recuerdos pueden reactivarse.
Por eso algunas personas sienten una angustia mayor de la esperada o experimentan un miedo difícil de controlar.
Los especialistas recomiendan varias estrategias sencillas para evitar que la exposición constante a una tragedia termine afectando el bienestar psicológico.
-La primera consiste en limitar el tiempo dedicado a consumir noticias.
-Informarse una o dos veces al día suele ser suficiente para conocer la evolución de los acontecimientos.
T-ambién es recomendable equilibrar esa información con actividades que ayuden al cerebro a recuperar la calma: caminar, hacer ejercicio, conversar con familiares, escuchar música, leer o realizar ejercicios de respiración.
-Hablar sobre lo que se siente también resulta útil.
-Compartir la preocupación con otras personas ayuda a procesar las emociones y evita que la ansiedad permanezca acumulada.
-Otra forma saludable de canalizar la angustia es transformar la preocupación en solidaridad. Donar, participar en campañas de ayuda o apoyar iniciativas humanitarias permite que la empatía encuentre un camino constructivo.
Si después de varios días aparecen insomnio persistente, ataques de ansiedad, tristeza intensa, miedo constante o dificultades para realizar las actividades cotidianas, es importante consultar con un profesional en salud mental.
Aunque estas reacciones suelen disminuir con el paso de los días, algunas personas pueden necesitar acompañamiento psicológico para procesar adecuadamente el impacto emocional.
Las tragedias nos recuerdan la fragilidad de la vida y despiertan lo mejor del ser humano: la capacidad de sentir el dolor de otros y de tender la mano incluso a la distancia.
Sin embargo, cuidar la salud emocional también hace parte de esa solidaridad. Estar informados no significa permanecer expuestos permanentemente al sufrimiento.
Sentir tristeza frente a lo que ocurre en Venezuela es una respuesta natural. Lo importante es que esa emoción no termine convirtiéndose en angustia permanente.
Porque la empatía no consiste únicamente en conmoverse por el dolor ajeno.
También implica encontrar la manera más sana de acompañar, ayudar y seguir adelante sin permitir que las imágenes del desastre terminen afectando nuestro propio bienestar emocional.
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