Cali, mayo 30 de 2026. Actualizado: viernes, mayo 29, 2026 21:40
Luis Ángel Muñoz Zúñiga
Especial Diario Occidente
Tertulias fueron esas reuniones de amigos o de vecinos que acostumbraban a narrar historias, acontecimientos culturales, tradiciones populares, anécdotas ciudadanas y reseñar la vida de personajes típicos. La historia colombiana registra que en las tertulias capitalinas clandestinas del siglo XVIII los criollos ilustres leyeron libros de la revolución francesa, unificaron las ideas rebeldes, aprobaron documentos, redactaron periódicos y se trazaron estrategias hacia la independencia de la Nueva Granada.
La historia caleña registra que desde principios del siglo XIX proliferaron algunas tertulias en Santiago de Cali. Unas veces los contertulios las compartían verbalmente, otras, las llevaban por escrito como memorias que serían leídas y un secretario recopilaba. Generalmente las añoranzas iban fluyendo en los diálogos acompañados con tintos de café o al calor de unas copas de vino.
Las tertulias se identificaban con un nombre que podía ser del anfitrión que las convocaba en su casa o le ponían el del sitio emblemático de reunión. Las tertulias carecían de estatutos, se regían con jocosas normas. El objetivo de las tertulias era recopilar la tradición oral y las memorias ciudadanas. Si algún contertulio era elegido cabildante o nombrado alcalde, hacía publicar esas memorias.
Conversar fue uno de los mayores placeres de los otrora caleños que se reunían a compartir historias. “Corrillo del Gato Negro”, fue una tertulia que tuvo como única sede la colina de San Antonio. Las “Tertulias del Chato Buenaventura”, también fueron muy reconocidas y se reunían en las boticas de su propiedad.
Las reuniones en “Los Turcos”, fueron las últimas tertulias que conservaron las características de tales. Actualmente, hay grupos de jubilados que se reúnen en los centros comerciales a escuchar música y conversar de política, pero que ya no tocan los temas trascendentes del pasado. “Del Cali que se fue”, de Manuel María Buenaventura, (Biblioteca de Autores Vallecaucanos. Cali, 1957), es una recopilación de remembranzas de otrora contertulios destacados.
Siendo Fabio Rodríguez director de la Cámara de Comercio de Cali, con el concurso del Centro de Estudios Históricos y Sociales “Santiago de Cali” convocó públicamente a los interesados en el tema de las tertulias, con el propósito de recopilar testimonios, reminiscencias y anécdotas sobre ese extinguido patrimonio inmaterial caleño.

Trescientas personas descendientes de contertulios o investigadores de sus memorias aportaron sus testimonios que fundamentan el libro “Tertulias del Cali Viejo”.
“Como en aquel tiempo los problemas de tránsito eran absolutamente desconocidos en la ciudad, los contertulios se sentaban en este orden: los de más confianza en el umbral de la puerta, que era bastante alto; los otros que llegaban primero, en asientos que recostaban sobre la pared de la calle y los últimos, también en asientos, pero ya en la propia calle, fuera del andén. Si mi memoria no me engaña, todos los asientos eran con guadameciles. Los peatones de la urbe respetaban mansamente el derecho de propiedad, sobre ese tramo de la calle, adquirido por el doctor Velasco y sus contertulios. En las horas de la tarde la circulación se hacía por las aceras del frente, sin que nadie osara hacer reclamación alguna al respecto. El doctor Velasco, eje de la tertulia, ocupaba siempre el mismo sitio. Era el viejo más mozo que he conocido en mi vida. Nació el doctor Velasco en la hacienda Guayabonegro, el 8 de diciembre de 1811, y a los pocos días fue bautizado en la iglesia de Candelaria. Hizo sus primeros estudios en el Colegio de Santa Librada, de Cali, por los años de 1826 o 27, bajo el rectorado de Fray Pedro Herrera; de allí pasó a Popayán a la Universidad del Cauca, en donde recibió el título de abogado, en 1837”. Esta anécdota, publicada en el libro “El Cali que se fue” (1957), fue contada por un contertulio descendiente.
“Este corrillo está formado por elementos diversos, sin más propósito individual que el de reaccionar de la fatiga diaria, aspirando el aire puro que baja de la montaña, contemplando la magnificencia del Valle, las puestas del sol, el nacimiento de las primeras estrellas y en las noches que siguen el plenilunio, los camofeos que borda la luz en torno de las nubes que la hostilizan.
El corrillo es una institución de apariencia pateista y carece de estatutos, de reglamento, de presidente. Apenas de tarde en tarde una persona de alta dignidad, acompañado de un mastín revoltoso y trapacero, ingresa al grupo y asume, sin advertirlo, la presidencia. Como en la nación, la religión católica es la oficial, pero el adventismo y la teosofía tienen también su voz y voto, Vox clamantis i deserto.

Por lo demás, como en toda reunión, es indispensable el plato de la crónica lugareña, orillando hasta donde es posible la salsa política y prescindiendo del vinagre de la murmuración y de la mostaza irritante del chisme callejero. En punto a crítica maleante no hay más víctima que los propios asociados. A pesar de ello, el Corrillo goza de mala fama, por lo demás, muy merecida. ¿A quién se le ocurre ponerse un nombre semejante?, dizque El Gato Negro”. Disertación de Ezequiel Gamboa, en 1932, publicada en el libro “Historia de la Capilla de San Antonio y el Corrillo El Gato Negro”. Imprenta Departamental, 1970.
Fin de los artículos
Ver mapa del sitio | Desarrollado por: