¿Colombia necesita un Bukele?

Por: Mauricio Ríos Giraldo

Siendo presidente Andrés Pastrana, el entonces presidente de Perú, Alberto Fujimori, visitó Colombia y fue recibido como un rockstar, en medio de aplausos y vivas espontáneos de los ciudadanos.

“Lo necesitamos aquí”, le gritaban los colombianos al “Chino”, como era conocido el gobernante peruano.

Era el final de los años 90, Colombia estaba sumida en el miedo por cuenta de las Farc, que aprovechando la zona de distensión y demás ventajas entregadas por Pastrana, habían intensificado los atentados terroristas y los secuestros, mientras que Fujimori había sometido a Sendero luminoso, la guerrilla peruana.

Las imágenes de Abimael Guzmán, líder del grupo terrorista, exhibido enjaulado en 1992, y la operación mediante la cual el ejército peruano recuperó la residencia del embajador del Japón en Lima, que había sido tomada por el movimiento revolucionario Túpac Amaru en 1996, fueron algunas de las acciones que le dieron fama internacional a Alberto Fujimori por su manera de enfrentar el terrorismo.

La acogida a Fujimori en Colombia estaba más que justificada, él había derrotado al terrorismo en su país, mientras que Pastrana era visto como un presidente débil ante las Farc y los colombianos estaban cansados de la guerrilla.

En ese contexto, en las elecciones de 2002 surgió Álvaro Uribe, un candidato que no estaba en las cuentas de nadie, con una propuesta de mano dura contra el terrorismo, y se convirtió en presidente de Colombia.

Veinte años después el país atraviesa una compleja situación de inseguridad, diferente a la que se vivía en los tiempos de Andrés Pastrana, pero igualmente grave.

Los centros urbanos -y Cali es ejemplo de ello- están tomados por el crimen, los ciudadanos se sienten temerosos ante el acecho de la delincuencia, pero, además, indefensos, al punto que los casos de “justicia” por mano propia son cada vez más frecuentes.

Mientras tanto, en los sectores rurales proliferan los grupos armados ilegales de todos los orígenes -disidencias de las Fac, ELN, Clan del Golfo, etc…- que se disputan a sangre y fuego el control del narcotráfico y la minería ilegal.

A esto se suma que el presidente Gustavo Petro promueve una política de “seguridad humana” que deja una sensación de debilidad del Estado -y hasta de permisividad- frente a los grupos al margen de la ley y, además, prepara una reforma a la política criminal que, por lo que ha trascendido, le otorgará muchos beneficios a la delincuencia común.

Con ese panorama, en esta Colombia azotada por la delincuencia común y organizada, comienza a ganar terreno un nuevo ídolo internacional: el presidente de El Salvador, Nayib Bukele.

El joven mandatario centroamericano, que llegó al poder en 2019 y se apresta para ser reelegido, se ganó a los salvadoreños con un discurso de mano dura contra las maras -pandillas-, que tenían azotado a su país y ahora, cuatro años después, ha logrado una notable reducción de la criminalidad y las muertes violentas.

Los discursos del presidente salvadoreño contra el crimen y los videos que muestran cómo se combate a las pandillas en ese país son difundidos como ejemplo entre los colombianos, que ya comentan en redes sociales y en conversaciones espontáneas que aquí se necesita un Bukele.

Dos preguntas para cerrar:

¿Se están dando -como ocurrió veinte años atrás- las condiciones para que Colombia elija de nuevo un presidente de mano dura contra el crimen?

Y si es así, ¿quién sería el Bukele colombiano?

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