He ejercido mi derecho a elegir incidiendo con mi voto en diez campañas presidenciales. No alcancé a elegir en la última que escogía presidente del Frente Nacional, porque todavía no era mayor de edad y carecía de la cédula de ciudadanía. Claro que ya tenía criterios propios sobre los partidos políticos.
La política colombiana aún se guiaba por dos líneas ideológicas con principios plenamente identificables: una defensora de la fe católica, de la tradición social, el orden constitucional y la intervención estatal en la economía. La otra, defensora de la libertad de pensamiento, los cambios sociales, los derechos y garantías constitucionales y el libre comercio. Ambos partidos fueron fundamentados a mediados del siglo XIX por respetables jerarcas, unos herederos de la tierra y con rezagos ideológicos coloniales.
Los otros, eran comerciantes emprendedores, influenciados por ideas libertarias de las revoluciones burguesas del Siglo XVIII. Cuando los dos partidos pactaron un Frente Nacional, los politólogos pronosticaron la confusión ideológica y la desaparición de los postulados.
Sin embargo, por algunos años los partidos conservaron en la plaza pública sus banderas y el fervor ideológico. La Constitución Política permitía la legalidad de movimientos distintos al bipartidismo y estos tuvieron representación en los cuerpos legislativos.
La oposición estuvo representada por una alianza que se identificó como el tercer partido integrado por inconformes del bipartidismo y, también participaba otro partido, con militantes revolucionarios. Los electores de entonces nunca se imaginaron que el narcotráfico permearía la política y llegaría el día que los partidos no serían resultado de procesos históricos colectivos, sino fundados por personajes con intereses personales que les bastaba ponerle un nombre para que se adhirieran sus amigos y los que hallaran el negocio rentable a costa de empotrarse en las instituciones del Estado.
Ese fenómeno que lleva cuatro décadas en la historia política de nuestro país hizo que aumentara la corrupción administrativa y desaparecieran las ideologías partidistas. Por eso, por primera vez la incertidumbre predomina entre los ciudadanos a pocos meses de la contienda electoral. Uno no entiende que se formen coaliciones con personajes que se montan en el bus sin importarles sus principios políticos, que desconozcan anteriores reglas estatutarias y que riñan sus ideologías.
Ahora, las que fueron verdaderas campañas que respetaban al electorado, queda reducido a insultos y calumnias de unos contra otros a través de las redes sociales. Son cómicos esos debates televisivos donde tomados de la mano salen al tablero personajes que hace poco eran como agua y aceite en el escenario legislativo y en sus declaraciones ante la opinión pública.
¿Cómo resolverán en una coalición temas fundamentales de Estado, cuyos legisladores y gobernantes, tienen la insalvable disyuntiva de escoger uno de los dos modelos que compiten en el mundo? En la planeación de estrategias para el desarrollo económico y la hacienda pública, no es serio proponer acercamientos.
Los coalicionistas creen que es lo mismo hablar en los “debates” con frases rebuscadas para halagar contendores y cautivar votos, apostando a una pretendida búsqueda de la salida a la crisis, que cumplir en una segunda vuelta lo que fue pactado en una servilleta en el café de la esquina.
Lo más insólito es que distinguidos catedráticos acreditados ante los futuros economistas con la sapiencia del maestro, esos mismos exalumnos los observen en sus casas haciendo parte de la irrespetuosa parodia televisiva.
Por vez primera vemos que unas coaliciones pasajeras en víspera de elecciones confunden el panorama político colombiano. Esto indica que llegó el momento de plantear la refundación de los partidos, como en los tiempos en que se construyó nuestra república.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar




