Un mal canceroso

José David Solís Noguera

Indudablemente una de las preocupaciones que más indigna a la gente en el contexto de vivir en una moderna sociedad democrática es la creciente corrupción de la vida pública. Por eso, enterarse de que mandatarios de ciudades como Armenia, Cereté, San Pedro, en el Valle del Cauca; Socorro, en Santander, por mencionar algunos, estén vinculados a procesos de corrupción por irregularidades en contratos en medio de las medidas para la atención de la emergencia sanitaria, resulta inconcebible.

Según entes de control como Fiscalía y Procuraduría, en el país se tienen cerca de tres mil contratos con hallazgos, donde se vincula a muchos gobernantes por interés indebido en la celebración de contratos sin requisitos legales y peculado. La corrupción, en mayor o menor grado, ha existido siempre, pero no hay derecho que, en un momento tan difícil para nuestro país, existan gobernantes que haciendo uso de su poder para en beneficio propio o de terceros, se enriquezcan a costa de la solución para la gente y en perjuicio del interés general.

En una sociedad abierta y democrática, todos, de cierta manera, somos responsables de esta perversión pública, de este mal canceroso que nos carcome. Políticos que la practican, sobornadores, jueces, fiscales, instituciones encargadas de la fiscalización, medios de comunicación que se silencian ante el fenómeno corrupto y por, sobre todo, la ciudadanía que o se hace la pendeja o desconoce que lo que se roban los políticos se paga del bolsillo de todos.

La corrupción, nos debe preocupar a todos y por eso no podemos ni debemos ser cómplices de algo que socava la integridad de un pueblo.

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