Colombia llega a la segunda vuelta presidencial con un país exhausto, dividido y con una institucionalidad que ha sido sometida a tensiones constantes durante los últimos años.
Sea Abelardo de la Espriella o Iván Cepeda quien resulte elegido, el próximo presidente recibirá un Estado que exige algo más que discursos encendidos o promesas de ruptura: exige sensatez, estabilidad y una comprensión profunda de los límites y responsabilidades del poder.
Por eso continuación voy a enumerar los cinco retos principales para el país y por último el que considero el eje para el Valle del Cauca.
El primer gran reto será reorientar la institucionalidad, devolverle al país la sensación de estabilidad que se ha erosionado y garantizar que las libertades ciudadanas, los derechos humanos y el derecho al disentimiento no sean vistos como obstáculos, sino como pilares democráticos.
En el caso de De la Espriella, esto implica moderar un discurso que ha coqueteado con la exclusión y el revanchismo; en el caso de Cepeda, supone renunciar a la tentación de gobernar desde la movilización social permanente, una estrategia que ya demostró su ineficacia y su capacidad para profundizar la polarización.
El segundo desafío es quizá el más delicado: no descarrilarse institucionalmente en momentos de crisis.
Colombia ha vivido años de estrés político, y la tentación de gobernar por decreto —como ya insinuó De la Espriella— o de presionar desde la calle —como intentó fallidamente Gustavo Petro— puede parecer un atajo, pero es un camino que debilita la democracia.
El próximo presidente llegará con un Congreso fragmentado y con al menos una tercera parte en oposición.
Eso obliga a construir coaliciones, negociar, ceder y entender que la gobernabilidad no se decreta ni se impone: se construye.
La historia reciente demuestra que los gobiernos que intentan saltarse la institucionalidad terminan atrapados en su propia incapacidad para gestionar el conflicto político.
El tercer reto es despolarizar un país partido en dos mitades equivalentes. La campaña presidencial no solo no ayudó a cerrar heridas: las profundizó.
Hoy Colombia vive una fractura emocional y política que atraviesa regiones, generaciones y clases sociales. Gobernar para la mitad del país es gobernar para nadie.
El próximo presidente deberá enviar señales claras de moderación, diálogo y respeto por la diferencia.
No se trata de renunciar a las convicciones, sino de entender que un país no se gobierna desde la trinchera, sino desde el puente.
El cuarto desafío es recomponer las finanzas públicas, un tema que ha sido postergado irresponsablemente.
Las cuentas del Estado vienen golpeadas desde el gobierno de Iván Duque y Gustavo Petro no tuvo la voluntad de corregir el rumbo.
El gasto público creció sin una estrategia de sostenibilidad, el salario mínimo aumentó por encima de la productividad y el país perdió credibilidad fiscal.
Hoy Colombia accede a crédito a tasas cercanas al 15%, un síntoma de riesgo e incertidumbre.
El próximo presidente deberá enviar señales claras de responsabilidad fiscal, construir un marco de mediano y largo plazo y evitar el cortoplacismo electoral que ha caracterizado los últimos años. Sin estabilidad macroeconómica no hay política social posible.
El quinto reto es reconducir las relaciones exteriores hacia una diplomacia prudente, profesional y libre de estridencias.
Colombia necesita diversificar sus relaciones, fortalecer vínculos comerciales con China y otros actores globales, pero sin romper con Estados Unidos ni deteriorar su presencia en la región.
La política exterior no puede basarse en exabruptos como la idea de abandonar la ONU ni en la erosión de espacios estratégicos como la Comunidad Andina o la Alianza del Pacífico.
El país requiere una diplomacia que recupere el profesionalismo, que entienda el valor de lo multilateral y que deje atrás la retórica confrontacional.
Finalmente, para el Valle del Cauca y el Pacífico, el reto es aún más urgente: salir del olvido.
Durante los últimos ocho años, la región ha sido reducida a un inventario de problemas, mientras las grandes inversiones y los programas diferenciales brillan por su ausencia.
El próximo presidente deberá escuchar una voz unificada del Valle: la de los sectores económicos, académicos, empresariales, sociales y políticos que exigen un renacer regional.
Más tecnocracia y menos clientelismo; más visión de largo plazo y menos improvisación. El Pacífico colombiano no puede seguir siendo una nota al pie en la agenda nacional.
Sea quien sea el próximo presidente, el país que recibe no admite improvisaciones. Colombia necesita un liderazgo que entienda que gobernar no es incendiar ni movilizar, sino estabilizar, dialogar y reconstruir.
El reto no es menor: es, quizás, el más grande de nuestra historia reciente.
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