Ser distinto es un crimen

José David Solís Noguera

El lunes de esta semana en un hecho que rechazo tajantemente, un conductor del MIO fue agredido por parte de un hombre que no aceptó que le dijeran que lo que estaba haciendo al colarse en la Terminal Menga, era indebido. Este caso se suma a tantas situaciones diarias de agresión entre ciudadanos, de ciudadanos a la autoridad, de vecinos entre vecinos, de hermanos entre hermanos, entre otros.

Este desorden social de violencia física y verbal es cada vez más ruidoso, exacerbado y es consecuencia de males antiguos y profundos que no han sido resueltos desde la raíz de la familia. Estamos atravesando una época donde pensar y sentir distinto, ser distinto o no ser del mismo país de nacimiento termina generando un efecto de rechazo que se amplifica a través de las redes sociales y produce una opinión de tolerancia cero.

Los altos niveles de irritabilidad, impulsividad y la falta de aceptación al diálogo acrecientan el fenómeno de intolerancia afectando nuestra calidad de vida como sociedad, tanto en las formas, como en las maneras de direccionar las emociones y pasiones que generamos.

Permitir que el otro piense distinto y defienda que se hagan bien las cosas termina siendo una tarea difícil de comprender como sociedad, al punto que la estamos viendo como un enemigo de la vida cotidiana. Aunque la prudencia en el trato hacia los demás es un buen camino para construir escenarios de diálogo, yo me quedo con el hacer desde mis principios en la frase del poeta irlandés, Oscar Wilde, “Si ser distinto es un crimen, yo mismo me colocaré las cadenas”.

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