Poner a rodar la solidaridad

Paola Andrea Arenas Mosquera

“La solidaridad es la cura” escuché de varios líderes sociales y políticos durante los seis meses de confinamiento estricto a los que nos llevó la cuarentena más larga del mundo que tuvimos del 14 de marzo al 31 de agosto quienes vivimos en Colombia. El encierro exacerbaba la capacidad de controlar emocionalmente la incertidumbre y la ansiedad por el retiro intempestivo de esa “normalidad” a la que estábamos habituados.

El bajonazo sobre nuestros estados anímicos, no sólo por la amenaza de contraer el virus y contagiar a quienes amamos, sino además por la limitación de las personas independientes y de mayor vulnerabilidad económica para rebuscarse su sustento en medio del confinamiento; así como de quienes tenían la seguridad de un empleo que perdieron, llevó al límite la salud mental de miles de colombianos y colombianas. Aún no hemos medido y quizás no podremos determinar en el corto plazo el impacto de esta pandemia sobre nuestra salud mental. En medio de esta situación tan caótica, emergió, -como la más noble expresión social y colectiva-, la palabra solidaridad.

Durante los primeros meses de la pandemia vimos esa gran movilización ciudadana de personas comprando mercados o al menos unas libritas más de algo que pudiesen aportar un granito de arena a la seguridad alimentaria de la población más afectada. Nos activamos en modo “cadena de favores” con esa necesidad inaplazable de cuidar a los demás como una forma además de cuidarnos a sí mismos. En medio de campañas de responsabilidad social, teletones y donatones, apareció en mi vida, Angela María, una joven psicóloga de mi tierra que hace honor a su nombre. Una fiel exponente de quienes dan aún de lo que les falta y no de lo que les sobra.

A Angelita la conocí por una cadena de whatsapp en la que hacía un llamado a la acción para activar la solidaridad de sus contactos. Se trataba de apoyar a una pareja de desempleados con la adquisición de unos medicamentos que se requerían urgentemente en la clínica donde había nacido su bebe afectada por una infección. De eso hace más de tres años. La contacté por su chat privado para donar las cremas que no cubría el vademécum del Plan Obligatorio de Salud y me interesé por conocer más de la labor de esa joven extrovertida que resultó ser comunicadora como yo y además psicóloga.

Angela, apasionada por el apoyo asistencial y psico-social a población vulnerable hospitalizada, inició con su esposo el sueño de tener una brigada móvil de apoyo integral a mujeres gestantes y niños hospitalizados o convalecientes de procedimientos quirúrgicos y en general, personas sin recursos materiales o económicos. La vi calmando el hambre de venezolanos en inmediaciones a la terminal de transportes, rescatando niños del frio y el hambre, entregando corrales, caminadores, toldillos, ropa y cuanta cosa útil dejan niños de hogares privilegiados para otros que poco o nada tienen.

En pandemia no ha sido diferente. Su actividad siempre ha ido más allá del asistencialismo. El apoyo terapéutico con todo su expertise profesional se ha intensificado y por eso integra su labor asistencial al apoyo psico-emocional y la labor de empoderamiento. Por eso me emocionó conocer que una mujer independiente, quien ha padecido las adversidades del desempleo familiar y la falta de manos tendidas para impulsar su emprendimiento, decidiera, en plena pandemia, formalizar su ejercicio desde la creación de una ONG que como lo he dicho, ya operaba sin papeles, desde hace un poco más de tres años. Por eso quise dedicar esta columna a exaltar la labor de “Estimulación Rodante”, Fundación que surge en medio de tempestades y como las oportunidades que emergen de las crisis.

El sueño que Angelita puso a circular bajo el slogan de “bendecidos para bendecir”, no podía tener un mejor nombre. Igual que la solidaridad, hoy tenemos la obligación moral de poner a rodar el estímulo para empujarnos y abrazar la posibilidad de un espíritu colectivo cooperante que asegure para todos un destino de superación. Estimulación Rodante es eso.

Poner a rodar un sueño en medio de la incertidumbre y la marea alta de un océano que nunca ha estado en calma, pero que en pandemia complica todo, es tan resiliente como la vida de Angela, una joven de 31 años y tres hijos, con quienes ha debido sortear toda serie de dificultades y vicisitudes. Una mujer acostumbrada a dar, a entregarse y a servir, aún cuando su mundo nunca ha sido el del confort ni la seguridad económica. Resulta increíble que la joven, quien fuera abusada a sus 17 años y pasara buena parte de su niñez y juventud en hospitales como resultado de inimaginables episodios que amenazaron su vida; no se haya perdido en la desconfianza ni falta de estima, sino que por el contrario hiciera resiliencia para sanar sus heridas con el amor que entrega sin medida.

Completamos ocho meses conviviendo con el enemigo oculto del Covid 19 y desde entonces nuestras rutinas, cotidianidad y vida social y económica no volvieron a ser las mismas. En medio de este revolcón, muchas familias han quedado en una profunda vulnerabilidad, por eso tenemos el reto de no bajar la guardia con nuestras manifestaciones de solidaridad. Apoyar a Estimulación Rodante con ropa, medicamentos, pañales, alimento u horas de voluntariado es una opción. También podemos contratar a sus profesionales de Psicología trabajo social o terapia ocupacional para que nos ayuden a enderezar nuestra vida o la de aquellos a quienes queremos y puedan requerir apoyo terapéutico presencial o virtual con estimulación, rutinas y acompañamiento pico-emocional a nuestros niños, familiares o seres cercanos. En momentos como los que vivimos, la solidaridad sigue siendo la cura, ¡Pongámosla a rodar!

Comments

Comparte esta noticia...
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Cargando Artículo siguiente ...

Fin de los artículos

No hay más artículos para cargar