Paraíso e infierno

Hernando Giraldo Duque

Cuando el infierno es la pandemia, el paraíso no es uno mismo.

Mi vida transcurrió en un territorio muy fresco, en el campo lleno de árboles, fincas, hatos, ganado y un pasto verde salpicado de boñiga. Mi padre fue un mayordomo de origen antioqueño y gracias a la naturaleza vivió muchos años, disfrutando su trabajo de campo; mi progenitora, enfermera, siempre trabajó con el Estado, una mujer muy hermosa. Tuve el privilegio de vivir del pastoreo de mi país por tan solo ocho años.

Luego nos mudamos al puerto de Buenaventura, por el traslado de mi madre, allí conocí el mar con todas las alabanzas que tiene la literatura sobre ese inmenso mundo marino, aprendí a comer pescado y camarones y a jugar pelota con los nativos de esa isla.

Quizás ese mundo de puerto afianzó mi humanismo y el amor por la poesía del Pacífico, un universo de cantaoras, de brisa marina, de arrecifes, de agua, de coco, de palmeras, de sol, de arena, de ríos, pero ver a lo lejos desde mi ventana un barco pasar, entrañaba interpretar vivencialmente ese mundo llamado paraíso.

Posteriormente, nos trasladamos a Cali donde hice mi primaria, escuela Belalcázar, donde aprendí lo brutal de esa educación de antaño, los reglazos por cargar caramelos o tener las figuras de Panini del mundial de los años sesenta. La cultura del barrio en la ciudad y en otros sectores del país creció con el fenómeno de la industrialización, la migración de ciertas etnias, el desarrollo de los medios de comunicación y otras variantes, yo vivencié esta realidad de barriada en los barrios Obrero y Belalcázar.

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