Adrián Zamora Columnista

La nueva fiebre minera: Los metales que se extraen de arenas movedizas

Adrián Zamora

El petróleo volvió a superar los 100 dólares por barril tras la guerra en Irán, y la reacción inmediata ha sido tratarlo como un shock excepcional.

Sin embargo, el foco de este momento no debería estar en ese repunte específico, sino en la metamorfosis que se está gestando a su alrededor.

La economía global está virando hoy hacia los minerales críticos como el litio, el cobalto, el níquel y las tierras raras, cuya demanda crece con fuerza y su lógica introduce una volatilidad distinta.

Pues la transición energética no está reduciendo la dependencia de recursos; la está trasladando a un entorno más inestable.

Ese desplazamiento responde a una transformación estructural. El petróleo consolidó durante décadas una demanda relativamente predecible, lo que permitió inversiones de largo plazo y planificación sostenida.

En cambio, los minerales críticos dependen de tecnologías en evolución permanente; cada avance en baterías, semiconductores o energías renovables redefine qué materiales resultan necesarios.

El caso del cobalto lo evidencia con claridad, ya que su precio se desplomó cuando la industria migró hacia alternativas químicas que prescindían de este insumo.

De modo que tener reservas ha dejado de ser suficiente cuando la relevancia del recurso puede evaporarse en pocos años.

El nitrato chileno, por ejemplo, que llegó a sostener una parte sustancial de los ingresos fiscales en el siglo XIX, perdió su valor en menos de una década tras la síntesis industrial del amoníaco.

Hoy, esa obsolescencia opera con mayor velocidad. A esto se suma una concentración marcada en el procesamiento de minerales, donde China alcanza participaciones que superan ampliamente las de cualquier cartel petrolero de antaño.

La dependencia adquiere así un carácter más profundo, difícil de equilibrar desde posiciones políticas fragmentadas.

Para nuestra región, la presencia de estos tesoros en el subsuelo abre una ventana de oportunidad tan ancha como frágil.

Es una bonanza que no depende de la voluntad local, sino de variables externas como decisiones tecnológicas, tensiones geopolíticas y estructuras de mercado altamente concentradas.

Y el riesgo principal no está en explotar estos recursos, sino en organizar la economía alrededor de ellos sin alternativas claras.

En ese escenario, la abundancia puede convivir con una vulnerabilidad persistente.

El debate debe centrarse, por tanto, en la estrategia de Estado. Avanzar hacia esquemas con mayor valor agregado, negociar acceso a mercados junto con transferencia tecnológica y tratar estas rentas como temporales son elementos que empiezan a delinear una ruta sensata.

Funcionan como un puente hacia capacidades productivas más complejas, siempre que exista una arquitectura institucional sólida que lo sostenga.

La experiencia de Indonesia muestra que, incluso, los intentos de industrialización pueden derivar en nuevas dependencias cuando el margen de negociación es limitado.

¿Está América Latina anticipando este escenario o respondiendo a medida que se materializa?, ¿Se están forjando las instituciones necesarias antes de que el ciclo alcance su cénit?, ¿y existe una estrategia regional o predomina la competencia entre países por el mismo espacio en el mercado?

La fiebre minera ya comenzó, aunque su terreno es menos estable de lo que sugiere el entusiasmo inicial.

El margen de acción existe, pero exige decisiones que miren más allá del ciclo inmediato. En este contexto, la diferencia no la marcarán los recursos disponibles, sino la capacidad de convertir esta coyuntura en una plataforma de desarrollo antes de que las reglas vuelvan a cambiar.

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