Cada vez que lo encuentro se ve más joven, aún con sus ochenta y tantos que lo acompañan sin tocarlo. Ni siquiera la fallida muerte, ni su reciente hospitalización lo menguan.
Nos vimos en Bogotá y esperaba que estuviese “flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones”, como dice una vieja canción tonadillera, pero no. Vi al poeta Jotamario Arbeláez hecho un roble.
Elegante, con una pinta colorida, con su mochila al hombro donde cálidamente perviven poemas, libros y fotos, amén de alguna que otra cerveza (sin alcohol) que anima el momento o, en ocasiones, algún vino que entusiasma -un poco más- el reencuentro.
Siempre alegre, comenta sobre sus mejores días y todo ese torbellino que se ha venido luego de que un 29 de diciembre anunciaran que estaba muerto, cuando el poeta lo que estaba era revitalizándose.
Gracias a nuestro común amigo el periodista Gildardo Arango, ese episodio que nos puso triste por algunas horas quedó inmortalizado en el documental por él dirigido y que bien tituló “Mi reino por este mundo”, que recoge la vida y obra del nadaísta Jotamario, emitido por Telepacífico y que en la feria del libro de Bogotá presentamos con la alegría de saber que izábamos un monumento al amigo Jota.
Jota es inmortal, dice alguno de los entrevistados en el documental, y es verdad.
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