En alguna ocasión un mentor preguntó en un auditorio: “¿Cuál es el lugar más rico del mundo?” Una infinidad de respuestas surgieron prestas a mí alrededor. Una persona dijo que era China por ser el país más poblado de la tierra.
Otra contestó que era Suramérica por contener el pulmón del planeta. Alguien que se encontraba a mi lado mencionó Suiza por su banca; e incluso hubo quien sugirió Dubái, la ciudad de los Emiratos Árabes en la que el lujo rebasa cualquier imaginación. Yo me sonreía para mis adentros porque sabía la respuesta. Decido entonces levantar la mano e intervenir. Me pongo de pie y mirando a los asistentes les digo: “El lugar más rico del mundo es… el cementerio”. Todos me miran perplejos. El mentor me sonrió con complicidad y me pide el favor de que explique el porqué de mi singular respuesta.
Miro por un instante la diversidad de rostros ahí reunidos. Son hombres y mujeres de diferentes edades, formaciones y disciplinas. Entonces agrego: “El lugar más rico del mundo es el cementerio porque ahí reposan todos los sueños que jamás se llevaron a cabo”. Las caras de los presentes cambian la expresión de perplejidad por una de reflexión.
Yo continúo: “Sí, es en el cementerio es donde encontrarán la mayoría de los libros que nunca llegaron a ser escritos, las grandes empresas que jamás se emprendieron y, lo que es más triste, los amores y pasiones que no se vivieron”. El auditorio permaneció en silencio unos segundos; pero con total seguridad, ese día, el lugar más rico del mundo se quedaría sin recibir unos cuantos tesoros.
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