Leonardo Medina Patiño

Edgar Álvarez

Leonardo Medina Patiño

Su tono y acento de voz es inconfundible, de vallecaucano neto. Oriundo de Restrepo, ese pequeño pueblo cerca al lago Calima donde Gustavo Álvarez Gardeazábal le hizo homenaje en su período de gobernador.

Siempre con una sonrisa y un chascarrillo para alegrar el día, hacen de este amigo pintor todo un festín permanente de loa a la vida. En su casa se come siempre bien.

Invita a delicias típicas con que hace amistad y nos acerca un poco más a su nicho de arte, donde llegan diferentes coleccionistas a adquirir sus obras o las de otros artistas que él, generosamente, se ha dado en impulsar.

Desde hace algunos años, como “esos golpes en la vida tan fuertes” de “Los Heraldos Negros” de Vallejo, su visión se llenó de bruma que le ha impedido persistir con su fiereza en la pintura, en esos collage que le hicieron obtener premios en bienales internacionales de arte y en salones nacionales de artista, dándole renombre a su bello arte plástico. Pero él continúa…

Enseña con su mirada nublada, con destreza, cada una de las esculturas y los cuadros que tiene colgados en las paredes de su casa en Miraflores. Sabe dónde están, quién lo pintó, qué año, la técnica, la dimensión, y lo más importante: el precio.

Hace pocos años vendió su última obra, que no alcanzó a concluir por su glaucoma intraocular, titulada “memorias de una niña inconclusa”, a la que yo, atrevidamente, re-bautice “memoria inconclusa”, la cual está colgada en la pared de un apartamento de quien también quiere a Edgar, tanto o más que yo.

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