En las escuelas, las maestras y los maestros, con su trabajo cotidiano de pulir el habla de los niños, ungiéndoles con gramática y motivándoles hacia el amor por los diccionarios, complementa la misión de las reales academias de la lengua española.
Cuando los niños se estrenan en la comunicación con nuevas palabras, empiezan a percibir, que, así como el agua y el jabón garantiza la higiene corporal y la pulcritud de sus uniformes, el uso de un buen idioma y la elegancia en la comunicación son su auténtico pasaporte social.
Alguna vez, un 23 de abril, Día del Idioma, con la venia de su maestro, un alumno leyó en voz alta frente a sus compañeritos de clase, este fragmento de Pablo Neruda: “Amo tanto las palabras… Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema”.
Ese día, al final de la clase, todas las niñas y los niños, comprendieron que las palabras tienen cuerpo (materialidad, sonidos y letras) y alma (significado, es decir, la representación de un concepto).
Desde esa vez, las niñas y los niños, pactaron colectivamente que iluminarían el salón de clase, porque sólo utilizarían palabras con cuerpo y alma diáfanas, ya que no bastaba con mantener el piso, las paredes y los pupitres, limpios.
Que desecharían y rechazarían las palabras soeces, las frases vulgares y las palabras hirientes, porque estas magullan los oídos y las almas. Desde ese día se consideraron parte de los seres humanos buenos y bellos.
Aprendieron que las actitudes violentas siempre están antecedidas por palabras vulgares. Con vulgaridades el truhan irrespeta a los demás y arremete contra las deidades populares, la Constitución y las leyes. La vulgaridad es correlativa con la incapacidad intelectual.
Los vulgares después de herir con ofensas los oídos, terminan desafiando y propinando golpes. Honorato de Balzac, señalaba las contradicciones que desde su tiempo empezaba a caer la sociedad; él decía que “un imbécil que no tiene más que una idea en la cabeza es más fuerte que un hombre de talento”.
Quién jamás ofende con las palabras es porque busca en ellas su valor originario, cultivar la belleza del lenguaje, la magia del momento de la creación poética.
Colombia siempre se ha distinguido por su historia cultural que la acredita como nación rica en escritores, poetas y artistas. Ha contado con gobernantes y ministros cultores del idioma, por ejemplo, los casos de Rafael Núñez, Miguel Antonio Caro, Marco Fidel Suarez, Belisario Betancur Cuartas, Germán Arciniegas, Otto Morales Benítez, entre otros.
¡Qué más notorio de nuestra historia cultural que en literatura figure un Premio Nobel, Gabriel García Márquez, cuyo reconocimiento fue universal porque logró una grandeza igualable a la de Miguel de Cervantes Saavedra! Alguna vez nos contaron la historia de Marco Fidel Suarez, el muchachito que inmerso entre la pobreza solía tomar clases por la ventana del colegio de su pueblo y gracias a que perfeccionó su idioma, una vasta cultura, finura en sus modales y se convirtió en poeta, incursionó en la sociedad hasta finalmente ocupar la presidencia de la república.
Esta historia explica el por qué lo más significativo para las comunidades de nuestra geografía sea contar con una escuela y una biblioteca. Como posdata traigo una metáfora de José Calero: “Las palabras son como los pájaros: vuelan juguetonas a todas horas de boca en boca, pero, cuando la noche empieza a envolver el silencio de las personas, se recogen sigilosamente a sus nidos, en los diccionarios”.
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