Rodrigo Fernández Chois

Cuando prohiben uno de los termómetros

Rodrigo F. Chois

Todas las mañanas, como si fuese un ritual preelectoral, abro el celular para leer las encuestas; pero ahora, faltando poco para el gran día, y por cuestionamientos del CNE, ya no podré leer los resultados de uno de los termómetros: el de las encuestas de AtlasIntel que publicaba la revista Semana.

Esta situación se ampara en una ley reciente que pone en duda la validez metodológica de sus mediciones por no encajar dentro de los criterios tradicionales.

Tal vez existe el deseo loable de proteger al ciudadano de la manipulación; pero también se corre el riesgo de protegerlo de la información misma; y esto, en tiempos electorales, no es lo mejor.

AtlasIntel no es una encuestadora convencional. No toca puertas ni llama por teléfono en momentos inoportunos.

Opera en el mundo digital, capturando impulsos, emociones y tendencias.

Es menos ortodoxa que las tradicionales, pero más rápida para detectar movimientos que luego otras terminan reconociendo.

Por otro lado, las encuestas tradicionales parten de una premisa que hoy tambalea: que el ciudadano es localizable, paciente y predecible.

Pero los votantes de hoy opinan en redes, se indignan en tiempo real, cambian de postura en cuestión de días… y muchas veces ni siquiera atienden llamadas desconocidas. ¡Yo no lo hago!

Por eso, pretender medir con instrumentos del siglo pasado puede no ser tan eficaz.

Hay un choque entre dos formas de entender y medir la realidad: una, ordenada, verificable, lenta; otra, caótica, inmediata, digital.

El problema no es que existan distintos termómetros, sino que no sepamos cómo leerlos. Y el verdadero riesgo no es que la temperatura sea inexacta… sino que alguien decida qué termómetro podemos mirar.

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