Según los que saben del tema, la población de nuestro planeta tierra ya alcanza casi los ocho mil millones de habitantes. Cifra abismal, de esas que asustan o preocupan. Que será de nuestro futuro o, el de nuestros hijos, sus hijos, los hijos de sus hijos. No vaya y sea que suceda algo similar a la extinción de los dinosaurios, de lo que también estamos plenos en el mundo actual, con forma de humanos, y que tanto daño causan.
Pues esa cantidad de seres humanos es lo que produce un fenómeno denominado la densidad poblacional, la que, de una forma u otra, causa gran impacto en los cambios medio ambientales, con consecuencias muy conocidas, como el agotamiento de los recursos energéticos y naturales, aumento exagerado de la contaminación, animales en peligro de extinción, baja esperanza de vida, incremento en el consumo de energía. De eso proviene el tal cambio climático, en el que muchos no creen, como sucede con los ateos del covid-19, muchos de los cuales han fallecido por incrédulos.
Esa densidad es causada, según científicos, por el crecimiento de la tasa de natalidad, pues según sus estudios cada minuto nacen alrededor de 350 bebés en todo el mundo (Twenergy). Recuerdo al escritor antioqueño Fernando Vallejo, ateo, quién se fue para México por la misma razón de nuestro nobel García Márquez, cuando argumentó que en “la unión de dos personas pobres, nacen ocho o diez pobres más”, lo cual puede ocurrir en países africanos, latinoamericanos, en la India, por mencionar algunos, debido a que en esas naciones sus gobernantes poco se preocupan por el control de la natalidad pero, sobre todo, a que esas criaturas tengan, desde pequeños, conciencia sobre el daño que pueden causarle a nuestro planeta si seguimos por esa senda de destrucción del medio ambiente, de nuestra naturaleza.
Ojalá quienes tienen las riendas de los gobiernos en el mundo y, principalmente en nuestro medio, se preocupen por modificar los hábitos de consumo, que incrementen la importancia de la educación como base de la sociedad, que se comprometan a planificar adecuada y eficazmente las ciudades y que eviten, para no causar más daño, las olas de migraciones por razones políticas y económicas.
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