En 1978, un joven guardia de 18 años llamado Christo Brand llegó a la prisión de Robben Island, en Sudáfrica.
Le habían enseñado que el preso que iba a vigilar era un terrorista peligroso.
Tenía todo el poder, las llaves, el uniforme, el respaldo de un Estado entero.
El prisionero, el número 46664, no tenía nada. Ni siquiera podía elegir cuándo apagar la luz de su celda.
Con los años, sin embargo, ocurrió algo que ningún reglamento previó, el guardia empezó a consultar al preso.
Le pedía consejo, le contaba de su familia, le llevaba de contrabando pan para compartir.
Cuando ese prisionero, Nelson Mandela, fue liberado en 1990 tras 27 años de cárcel, Brand lo consideraba su amigo. Años después trabajó en la isla, convertida en museo, contando esa historia.
Ahí está, en una sola escena, la diferencia entre poder y autoridad. Brand tenía el poder. Mandela tenía la autoridad.
Hoy usamos ambas palabras como sinónimos. Creemos que quien ocupa un cargo tiene autoridad por el solo hecho de ocuparlo, pero el poder viene de afuera, lo otorga un nombramiento, una elección, un contrato, una firma.
Se recibe y se puede quitar. La autoridad nace de adentro y la conceden los demás, voluntariamente, cuando reconocen en alguien un criterio que vale la pena escuchar. El poder obliga, y la autoridad convence.
Con poder se ordena que las cosas pasen, con autoridad las cosas pasan, y además le preguntan a uno cómo hacerlas.
Lo comprobamos en cualquier oficina. No es el organigrama lo que mueve a la gente, es la persona.
Todos hemos conocido al gerente con cargo y sin autoridad, al que obedecen de frente y desobedecen a sus espaldas.
Y también a la secretaria, al operario veterano o a la enfermera de turno a quien todos, incluidos los jefes, van a preguntar cuando el problema es serio.
Si la autoridad no se decreta, ¿cómo se gana? La primera es la competencia, saber de verdad, no aparentar que se sabe.
La segunda es la coherencia, nadie le reconoce autoridad a quien exige lo que no practica, y el ejemplo pesa más que cualquier discurso.
La tercera es el servicio, la autoridad crece cuando la gente percibe que uno busca el bien del grupo y no el propio. La cuarta es la escucha, porque quien escucha entiende mejor y quien entiende mejor aconseja mejor.
Y la última es el tiempo, ya que la autoridad es una reputación que se acumula decisión tras decisión, y se puede perder en una sola.
Sería ingenuo decir que el poder no importa. Sin poder no se firman decretos ni se ejecutan presupuestos.
El ideal es que ambos coincidan en la misma persona. Pero cuando hay que elegir, la autoridad gana, por una razón sencilla, el poder sin autoridad solo se sostiene con miedo o con premios, y ambos se agotan.
La autoridad sin poder, en cambio, sigue moviendo voluntades desde una celda en una isla.
Ten presente, si lo que te desvela es el próximo ascenso, el título en la tarjeta, la oficina más grande o el número de personas a cargo, está persiguiendo poder.
No tiene nada de malo, pero sepa que lo que entrega un nombramiento lo devuelve una renuncia, un cambio de gobierno o una reestructuración.
Si, en cambio, lo que busca es que su palabra pese, que lo llamen cuando las cosas se ponen difíciles y que su equipo haga lo correcto, aunque usted no esté mirando, está construyendo autoridad.
En un país como Colombia, donde la desconfianza en las instituciones es una constante, esta pregunta no es académica.
Tenemos demasiados cargos y muy poca autoridad. A quienes hoy ocupan una silla en el Gobierno, en la Gobernación, en el Concejo, la empresa o el aula, vale la pena recordarles lo que aprendió aquel guardia en Robben Island, las llaves se entregan al final del turno. Lo que uno construye en las personas es lo que se queda.
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