Corrupción de saco y corbata

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Aída Martínez Carreño, autora de “La prisión del vestido”, refiriéndose al valor emblemático del traje, afirma que este tiene precio de honor, lenguaje convenido y es fruto de una imposición cultural. Que “el traje también tiene una relación piadosa con el hombre al cual protege y abriga”.

En el rifirrafe entre los concejales Terry Hurtado y Milton Castrillón, tras unas declaraciones de que “la corrupción va de saco y corbata”, es curioso que nuestros cabildantes en pleno siglo XXI todavía polemicen sobre el uniforme como pase para participar en las sesiones.

Parece que olvidasen el valor social de las costumbres. Recuerdo que mis primeros maestros de escuela dictaban clase de saco y corbata, igual que los demás funcionarios, aunque eran los únicos con míseros salarios.

Que tal, ahora que se discute sobre la vigencia o no del celibato en el clero, que los creyentes más acérrimos optaran por argumentar una postura tradicional alegando que “la sotana hace al monje”, quedarían vacíos los altares pues a los sacerdotes modernos les gusta celebrar misa dejando ver sus pantalones.

Pero lo más insólito es que los concejales se rijan por un reglamento que permite retirar del recinto al cabildante que quiera ejercer su derecho fundamental al libre desarrollo de la personalidad.

La intención de Terry Hurtado no fue salpicar a todos los cabildantes, sino que coincidió con Aida Martínez en el sentido de la relación piadosa del vestido con el hombre al cual protege. Cuántas veces hemos oído y dicho que haya “ladrones de cuello blanco”, sin querer comprometer a todos los funcionarios.

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