Un terremoto seguido de temblores, un problema climático que parece no tener solución en el mediano plazo, accidentes de avionetas de personas que están ayudando, ataques violentos, inseguridad y pánico parecen sembrar un panorama no muy alentador del mundo que habitamos.
Cali, la Sucursal del Cielo, se ve a diario con una nueva noticia.
Cuando parece que todo se va a calmar, una hermosa noticia de solidaridad puede verse opacada por otra noticia de odio o de inseguridad, y pareciera que nuestra moral vuelve al lado rojo del marcador.
Entonces, ¿qué pasa? ¿Por qué no nos podemos levantar de una y caemos a la siguiente? ¿Cómo continuamos viviendo en medio de la angustia continua?
Ahí es donde podemos observar varias cosas. Una de ellas es que la maldad no es un acto específico que podamos encasillar.
Una enfermedad, una dolencia, por ejemplo, puede ser tratada con un medicamento y, con un ritmo y un control, debería ser relativamente fácil, por lo menos, tratarla.
Pero la maldad parece no tener esos límites, por lo que no podemos hacer una receta para curar el mal.
Y eso a muchos les genera un alto grado de frustración: nos preguntamos, entonces, ¿a dónde iremos a parar?
Del otro lado está lo bueno. Tampoco es un acto único o un gesto. Es, al igual que el mal, un concepto casi imposible de resumir en una palabra, imposible de detectar en un examen o de medir con un solo gesto.
Y, si quiere que suene más difícil, podemos ver que las personas malas pueden tener actos buenos y las personas buenas pueden tener actos malos.
Y entonces, ¿qué hacer ahora? ¿En cuál estoy yo? ¿En cuál está usted?
Entonces, la respuesta es más compleja que una pastilla o un jarabe tomado a determinada hora.
La maldad y la nobleza se construyen cada día y, a veces, estamos oscilando entre uno y otro casi sin darnos cuenta, solo al vaivén de la vida, como si de olas se tratara.
Hasta ahí podría sonar un poco sombrío y desesperanzador, pero la verdad es que eso puede ser diferente. Y lo puede ser en dos escenarios principales: el personal y el comunitario.
En lo personal, usted y yo podemos decidir cómo nos relacionamos con el otro: en un modo de respeto, cordialidad y solidaridad, o en un modo hostil, defensivo y egoísta.
Eso va a marcar no solo nuestra forma de relacionarnos, sino que también impacta en el clima social de nuestra comunidad.
Por otro lado, está cómo generamos el espacio de convivencia social. ¿Cuáles son los valores que promovemos como comunidad? ¿El trabajo en equipo o el individualismo? ¿El egoísmo social, donde lo que pase en mi barrio, en mi cuadra o en mi comuna no me afecta? ¿O qué estoy dispuesto a hacer para generar un mejor clima entre vecinos?
Entonces, usted y yo somos protagonistas de la realidad social, no solo meras víctimas o espectadores de la situación.
Cuando alguien comete un robo, ese presunto delincuente tiene, por lo menos, se supone, una familia y un entorno social. Ahí podemos preguntar, entonces, ¿qué sociedad es la que construimos?
Usted podría decirme ahora: «Ni usted ni yo somos padres ni familiares de un delincuente.
Entonces, ¿yo qué culpa tengo? ¿O yo qué puedo hacer por la seguridad, por la violencia?».
Y la respuesta es que, así como la maldad es un cúmulo de situaciones y decisiones que generan un clima de violencia, la bondad es igual.
Es hora de empezar a discutir cuáles son los valores que damos a nuestros jóvenes y niños, cuál es el nivel de compromiso que tenemos con nuestra sociedad y a quiénes elegimos en nuestras juntas comunales, juntas administradoras locales, concejo distrital y alcaldía.
Podemos empezar por hacer de nuestra casa un lugar de paz y sinceridad, un lugar donde se asuman los errores y no se escondan detrás de la puerta, donde la honestidad sea más valorada que el ser «pillado» o «vivo», como decimos popularmente.
Si usted y yo portamos armas, no reduciremos la maldad; tal vez disminuyamos la bondad.
El Estado tiene la obligación de garantizarnos la seguridad y, si no puede, debe fortalecerse para lograrlo.
Por nuestra parte, todos los días tenemos la posibilidad de hacer algo para construir una ciudad mejor.
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