El sentimiento libraduno no sólo está arraigado en el corazón de sus bachilleres, sino también de los padres acudientes y de quienes fuimos profesores de Santa Librada.
En su autobiografía todo ser humano siempre incluye los recuerdos sobre el seno de su familia, el claustro donde se educó y la empresa en que laboró. Por eso cada que paso por la calle Quinta frente al Colegio Santa Librada, con satisfacción vuelven a mi memoria los mejores años de mi ejercicio docente.
Creo que mis exalumnos, que todavía afrontan la etapa laboral de sus vidas, cuando pasan por el mismo lugar, con alegría recuerden sus días de estudiantes, a sus profesores, a sus coordinadores, a su rector, la camaradería con sus compañeros, los encuentros deportivos, las veladas musicales y las representaciones dramatúrgicas, en fin, el espacio donde ejercitaron sus primeras jornadas democráticas hacia su ciudadanía.
No fui estudiante de Santa Librada, pero pasé parte de mi historia laboral en esta emblemática institución de la caleñidad republicana. En mi calidad de exprofesor, comparto las palabras de su ex-rector Ramón Ignacio Atehortúa Cruz, quien en su despedida confesó públicamente que se iba tranquilo porque había cumplido el sueño de culminar sus últimos años administrativos en Santa Librada.
La historia vallecaucana en todas sus épocas está colmada con nombres de libradunos: Eliseo Paýan, Carlos Holguín, Jorge Holguín y Manuel María Mallarino, presidentes de la república, educados en sus pupitres; Eustaquio Palacios, egresado, secretario, bibliotecario, profesor y rector, gloria de la literatura vallecaucana; Pablo Borrero Ayerbe, primer gobernador del Valle; Evaristo García, médico inmortalizado en el Hospital Departamental; Antonio María Valencia, músico, cuyas notas quedaron indelebles en el Conservatorio de Bellas Artes; Enrique Buenaventura, dramaturgo, fundador de nuestro teatro popular; Antonio Navarro Wolf, revolucionario, constituyente, político, ministro, senador, alcalde y gobernador; Jota Mario Arbeláez, publicista, escritor y poeta nadaista, quien aclaró su metáfora de “Santa Librada College”, con una segunda parte del poema, confesando que “a Santa Librada sí le debía mucho para ser todo lo que hoy es él”; Mario Alfonso Escobar, cuya vocación de cronista deportivo le nació viendo los campeonatos futboleros en las canchas libradunas.
Es muy extensa la lista de egregios libradunos, ofrezco disculpas y les pido su comprensión a los miles de hijos ilustres que no nombré, no me alcanzarían las páginas y tendría que parar estos pensamientos que me inspiraron este 29 de enero, a un año de llegar al bicentenario fundacional.
Si el año pasado se cumplieron cincuenta años del histórico movimiento social de 1971 en Cali, que logró la renuncia del Ministro de Educación del Gobierno de Misael Pastrana Borrero y de un rector de la Universidad del Valle, recordemos que esa rebeldía estudiantil se incubó en las aulas libradunas. Es que el mismo nombre tiene fundamentos libertarios: Antonio Nariño, el 20 de julio de 1811, ordenó encabezar un desfile en Santa Fe de Bogotá, con la imagen de Santa Librada, la doncella que para rebelarse contra su padre quien la quería hacer casar con un hombre de la nobleza, amaneció con barba.
Santa Librada tiene una rica historia libertaria. Historia cuyos egresados deben reivindicar para que se beneficien las nuevas generaciones que se eduquen en el claustro. Nuestro deseo es que cada vez que un egresado o un exprofesor, transite por la calle Quinta, palpite su corazón. Que su historia libertaria siga viva: deporte, arte, pluralismo ideológico, ciencia, legado bolivariano, democracia, insubordinación, debate, cátedra libre y que nunca declinen sus puertas abiertas a la crítica y la razón. Santa Librada, siempre te llevaremos en nuestros corazones.
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