Hace algunos días caminaba con una señora amiga por las calles del centro de Cali.
Un motociclista se nos acerca sobre la acera en contravía.
Sin pedir permiso ni nada, de forma altanera pitaba para que le abriéramos paso, que le cedimos – por supuesto, ni más faltaba-, y detrás de él dos motos más y un ciclista.
Atrevidamente se tomaron las aceras de la ciudad, exclusivamente de uso peatonal.
No vimos ninguna autoridad de policía ni de movilidad cerca, por lo menos para dejar la constancia de nuestro malestar, porque nada más se espera.
A los mismos guardas de movilidad los golpean y atropellan, entonces ¿qué esperar?
Se trata de un cinismo bárbaro.
Un descaro a cielo abierto y ante nuestros ojos, en el que quien cumple la ley de tránsito es burlado, pero quien la infringe sale indemne.
Se observan a diario vehículos en contravía sin ningún sonrojo, toman atajos viales y se sabe dónde están, pero nada sucede.
Hace pocos días pasé por la avenida de los cerros, después del hospital Mario Correa Rengifo, lo que vi fue atroz.
Motos en mitad de esa avenida haciendo lo que llaman “canguro”, es decir, andar sobre la rueda trasera, a toda velocidad, algo espantoso, que a los vehículos que transitábamos nos obligaron a parar para ellos hacer de las suyas.
Ojalá no continúe ese desgreño, porque seguro tendremos muertes que lamentar por causa de un accidente de motociclistas.
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