Esta vez quiero escribirles especialmente a mi gente negra. Quiero poner en tensión algunas frases que hemos escuchado tantas veces que corremos el riesgo de convertirlas en verdades: “los negros nos matamos entre nosotros”, “somos como los cangrejos”, “cuando un negro llega a un cargo, se pierde el negro y se pierde el cargo”.
Me niego a aceptar esas afirmaciones como explicación de lo que somos.
Las personas negras somos seres humanos como cualquier otra. Tenemos virtudes y contradicciones; construimos solidaridades y también vivimos desacuerdos.
Amamos, competimos, acertamos y nos equivocamos. El conflicto no tiene color de piel.
La diferencia es que, cuando ocurre entre personas negras, muchas veces deja de interpretarse como un hecho humano para convertirse en una supuesta característica racial.
Ese es el verdadero problema.
Durante siglos se construyó una narrativa que buscó convencernos de que éramos incapaces de organizarnos, liderar o construir proyectos colectivos.
La colonización y la esclavización no solo explotaron nuestros cuerpos; también intentaron moldear la forma en que nos vemos y en que otros nos miran.
Cuando repetimos esas frases sin cuestionarlas, terminamos reproduciendo un relato que nació para justificar nuestra exclusión.
Eso no significa negar nuestras responsabilidades. Claro que debemos revisar nuestras prácticas.
Y sí, duele especialmente cuando la estaca es del mismo palo, porque compartimos una historia de resistencia, de dignidad y de conquistas que aún son recientes frente a siglos de racismo y exclusión.
Pero también sería injusto desconocer a quienes han dedicado su vida a demostrar que otro camino es posible.
He tenido la fortuna de conocer personas que entienden el liderazgo como una responsabilidad colectiva.
Pienso en Hugo Tovar, a quien he visto tender puentes, impulsar liderazgos y abrir oportunidades para muchas personas, entre ellas hombres y mujeres negras.
Pienso también en mujeres como Rosalba Castillo, Consuelo Cruz, Licenia Salazar, Etni Cristina Mosquera y Zulia Mena, entre muchas otras y otros, cuyas trayectorias han estado marcadas por el compromiso con la comunidad y por la convicción de que el liderazgo cobra mayor sentido cuando abre caminos para los demás.
Todas ellas y ellos representan una forma de ejercer el liderazgo que comprende que compartir oportunidades no resta; por el contrario, multiplica las posibilidades de toda la colectividad.
Tenemos que abandonar la idea de que existe una sola corona. Cada persona tiene la suya.
La luz del otro no apaga la mía; puede iluminar también mi camino. Su crecimiento no disminuye mis posibilidades; al contrario, amplía el horizonte de lo que somos capaces de construir juntos.
Por eso, competir no puede significar destruir, y disentir jamás debería convertirse en una estrategia para invisibilizar a quien piensa distinto o también aspira a liderar.
Ningún proyecto colectivo se fortalece dañando a otros. Al contrario, una comunidad crece cuando reconoce el valor de cada uno de sus integrantes y entiende que abrir caminos para los demás no disminuye el propio, sino que engrandece el de todos.
Las nuevas generaciones necesitan recibir un legado distinto. No el de la desconfianza, sino el de la colaboración. No el de la competencia destructiva, sino el de la excelencia compartida.
No el del miedo al éxito del otro, sino el de la alegría por los logros colectivos.
No somos cangrejos. Somos descendientes de pueblos que resistieron lo imposible, que hicieron comunidad en medio de la adversidad y que nunca renunciaron a la esperanza.
Honrar esa historia exige mucho más que recordarla: exige vivirla. Y vivirla significa entender que cuando una persona negra avanza con dignidad, no avanza sola; abre un camino para que muchas más también puedan hacerlo.
Sobre la autora…
Johana Caicedo Sinisterra es una líder social comprometida con el bienestar y la transformación de vidas. Es profesional en Filosofía, magíster en Educación y doctora en Humanidades.
Desde el servicio público, ha trabajado por la igualdad, las oportunidades y la construcción de una sociedad más humana y justa.
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