Por primera vez en la historia reciente de Colombia, la posesión presidencial dejará de tener como escenario a la fría Bogotá para realizarse en Cali; y como caleño, recibo esta noticia con mucha satisfacción.
El presidente electo Abelardo de la Espriella honra así su compromiso de posesionarse en el suroccidente colombiano, una región que durante años ha soportado el peso de la violencia y que hoy reclama la presencia del Estado.
La decisión tiene, además, un profundo contenido político. Cali no fue precisamente la ciudad que más respaldo le otorgó al Tigre en las urnas.
Por eso, escogerla como escenario de un acto tan trascendental es un gesto de gallardía y de grandeza democrática.
Es el reconocimiento de que un presidente gobierna para todos los colombianos y no únicamente para quienes votaron por él.
Y aplaudo también otra idea que el presidente electo ha repetido con insistencia: la de que el Gobierno Nacional no puede seguir administrándose exclusivamente desde Bogotá, así las regiones dejarán de ser espectadoras para convertirse en las protagonistas del desarrollo del país.
Ojalá esta histórica posesión sea el punto de partida de una relación estrecha entre el Gobierno Nacional y nuestra querida ciudad.
Cali necesita recuperar la seguridad, fortalecer la confianza de los inversionistas y sacar adelante proyectos como el tren de cercanías, la Universidad de Oriente y otros que impulsen el desarrollo del suroccidente.
Que este acto no sea solamente un símbolo, sino que marque el comienzo de una nueva etapa para Cali y que, desde aquí, comencemos a construir la Patria Milagro. Porque nuestra Cali merece volver a creer en su futuro.
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