En los primeros días después del terremoto, Cali hizo algo que nadie tuvo que organizar: salió a la calle.
Vecinos que llevaban años sin saludarse levantaron escombros juntos. Colegios se volvieron bodegas.
Hubo filas para donar y filas para ayudar a cargar. La ciudad entera pareció ponerse de acuerdo sin necesidad de reunirse.
Tres semanas más tarde, la Alcaldía tuvo que anunciar sanciones contra propietarios que les habían doblado el arriendo a las familias que se quedaron sin casa.
Las dos cosas pasaron en la misma ciudad, en el mismo mes. Y en más de un caso las hicieron las mismas personas.
Esa es la escena que no me deja tranquila: la mano que entregó una colchoneta el 12 de agosto y la mano que ajustó el canon a principios de septiembre, pegadas al mismo cuerpo.
No creo que eso se explique con la palabra hipocresía. Creo que se explica con algo más incómodo.
Cali no tuvo un problema de solidaridad. Tuvo un problema de duración.
Fuimos generosos mientras la generosidad fue un gesto.
Dejamos de serlo cuando empezó a costar plata.
Y hay que decir por qué, porque no es un misterio moral. Donar tiene un precio cerrado: una tarde, un mercado, un viaje en el carro, y el asunto termina.
Arrendar por debajo de lo que el mercado permite es una decisión que hay que volver a tomar cada treinta días, sin que nadie la vea, sin agradecimiento público, sin foto. La solidaridad del gesto se paga una vez.
La solidaridad que exige calendario es otra cosa completamente distinta, y resulta que para esa no estábamos entrenados.
Cali fue una ciudad ejemplar durante tres semanas.
El problema es que la tragedia duró más.
Ahora, no quiero escribir el sermón fácil. El propietario que subió el arriendo no es necesariamente un canalla.
Hay caleños que viven de ese arriendo, que tienen ese apartamento como pensión porque nunca tuvieron otra.
Hay propietarios que también perdieron su casa. Y el mercado, sencillamente, hizo lo que el mercado hace siempre: leyó la escasez.
Cuando decenas de miles de familias buscan techo en las mismas comunas al mismo tiempo, el precio sube.
Eso no es una revelación ética. Es lo más previsible del mundo.
Lo que no era previsible —lo que no tiene excusa— es que una ciudad sentada sobre una zona sísmica no tuviera escrita una sola regla para el día en que eso pasara.
Sabíamos que íbamos a temblar. Lo sabíamos desde el colegio. Por eso tenemos normas de construcción, simulacros, códigos, revisiones estructurales.
Reglamentamos el concreto con un detalle obsesivo y dejamos la parte humana encomendada a la buena voluntad.
No había un mecanismo de arriendos de emergencia. No había un tope temporal.
No había un registro de inmuebles disponibles, ni un incentivo para quien arrendara a una familia damnificada, ni una consecuencia clara para quien decidiera cobrar el doble. Nada. Solo la esperanza de que la gente se portara bien.
Y aquí me incluyo, porque sería muy cómodo no hacerlo: nadie en esta ciudad, tampoco quienes tenemos la tarea de escribir las normas, había redactado una línea sobre qué pasa con los arriendos cuando miles de familias quedan sin casa el mismo lunes.
La culpa moral es individual. La falla es pública.
Y esa falla tiene una factura que todavía estamos pagando.
Los subsidios de arrendamiento que se activaron para ayudar terminaron persiguiendo un mercado que se había encarecido justo donde más se necesitaba.
Es decir: parte de la plata pública acabó cubriendo el sobreprecio que la emergencia produjo.
El Estado financiando la escasez en lugar de contenerla. Eso no se arregla con indignación; se arregla con reglas escritas antes, no después.
Me queda una última cosa, y es la que de verdad me preocupa. La solidaridad no se agotó porque los caleños seamos malos.
Se agotó porque la tratamos como un impulso y no como un acuerdo.
La buena voluntad viene con fecha de vencimiento, y nadie la lee.
Los acuerdos, cuando están bien hechos, aguantan el segundo mes, y el tercero, que es exactamente cuando la gente damnificada deja de salir en el noticiero y empieza a quedarse sola.
Así que no voy a preguntar qué le pasó a Cali. Ya sabemos qué le pasó.
Si usted tiene un apartamento arrendado en esta ciudad, a estas alturas ya sabe si esta columna habla de usted. La pregunta no es si subió el canon.
Es qué se dijo a sí mismo mientras lo hacía.
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