En los momentos trascendentes de la vida, los seres humanos sacan lo mejor y lo peor de sí mismos.
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Hoy, cuando ha pasado un mes y medio desde aquel 10 de agosto —un día que, estoy segura, marcó un antes y un después en nuestras vidas—, es fundamental hacer una reflexión sobre lo que éramos, lo que somos y lo que seremos.
Lo que somos y lo que seremos pasa, fundamentalmente, por el liderazgo de los gobiernos: en este caso, del Gobierno nacional, los gobiernos departamentales y los gobiernos municipales.
Por más ahínco que pongan la sociedad civil, la comunidad internacional y las organizaciones, una tragedia de esta magnitud no se navega sin una ruta clara de quienes hoy lideran: el presidente Abelardo de la Espriella, los gobernadores y los alcaldes de las zonas más afectadas.
Y es allí en donde estos gobernantes han sacado lo mejor de sí, con un profesionalismo único, una vocación de servicio permanente y una entrega total a su labor.
Aun cuando las dificultades son enormes, el liderazgo sostenido de las instituciones ha mantenido a la ciudadanía unida alrededor de lo único que no se puede perder en estos instantes: la esperanza.
Y es que en tiempos de crisis, la esperanza actúa como el soporte que previene el colapso social y como la posiblidad real que permite la búsqueda de alternativas posibles, a pesar de las dificultades para salir adelante.
Frente a la premisa de que en los momentos de verdad los seres humanos sacamos lo mejor o lo peor de lo que somos, creo, sin temor a equivocarme, que la institucionalidad en su mayoría ha sacado lo mejor.
Gracias a todos aquellos gobernantes que en este momento han dispuesto sus fuerzas, conocimientos, destrezas y vocación al servicio de los ciudadanos.
Con seguridad, a Colombia la reconstruimos entre todos.
@LizaRodríguez18
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