Todo estudiante de economía sabe que cuando se imponen techos y pisos de precios en los mercados se generan más males que bienes.
Por eso cuando el Estado fija por decreto un precio distinto al que iguala la oferta y la demanda aparecen escasez, mercados paralelos y perversidades.
La tasa de interés de usura es el precio techo para el dinero, un techo que nace con una intención noble: proteger al usuario del crédito de intereses excesivos.
Sin embargo, también genera como consecuencia la exclusión del crédito formal para quienes representan un mayor riesgo.
Un banco no presta porque sea generoso; presta porque puede asumir el riesgo de un impago.
Y si la tasa que compensaría ese riesgo está por encima de la tasa impuesta como límite legal, no presta.
No porque le falte el dinero sino porque la ley impide ponerle a ese préstamo una tasa de interés coherente al nivel de riesgo que se asumirá.
¿Qué camino entonces tiene el emprendedor que necesita capital para comprar inventario u operar? El gota a gota.
Y lo paradójico de este asunto es que con el gota a gota ya no paga un poco más, sino que llega a pagar intereses que serían más de veinte veces la tasa de usura fijada por el gobierno.
El enemigo no es el crédito caro; sino la ausencia de crédito formal.
¿Por qué entonces no permitir un sistema de crédito sensato con más competencia, transparencia y mejores mecanismos para evaluar el riesgo?
La política del límite de la tasa de usura pretende cerrar la puerta al abuso, pero termina abriendo las puertas de una ilegalidad infernal.
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