Como cortar la manguera del suministro de oxígeno a quien depende de él. Como incendiar un barco que lleva náufragos para que no lleguen a la orilla.
Como no brindar alimento y abrigo al recién nacido que llora de hambre, así de atroz es el acto que Nicolás Maduro está haciendo con su propio pueblo, al que él dice defender y representar.
No he conocido en la vida acto más criminal que ese. Dejar morir a su propia Nación al no permitir el ingreso de alimentos que, con ánimo solidario, le brindan los países hermanos.
Es más, agrava el crimen, al decir que ese alimento es cancerígeno, una tesis nada nueva pero siempre peregrina de ese régimen.
No olviden que Hugo Chávez decía que su enfermedad obedecía a un alimento que había consumido y que los Estados Unidos le habían inyectado células cancerígenas. Algo así como el realismo mágico.
Y ahora que Venezuela carece de medicamentos, alimentos, papel, sistema de salud, Maduro no toma una solución interna pero tampoco permite colaboración externa.
Y se une a esa atrocidad la Cruz Roja Internacional al decir que no apoyan la ayuda humanitaria, con razones baladíes de derecho internacional.
Guaidó es el presidente de Venezuela que ha logrado consolidar esa ayuda, es el hombre nuevo que necesita ese país.
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